Mamarrachadas políticas y errores históricos

Mucho se está hablando en la última semana de la renovación del callejero zaragozano para la eliminación de calles referidas a la dictadura de Francisco Franco, acción política a aplicar a partir de la Ley de Memoria Histórica.

En principio, dicho cambio pasó prácticamente inadvertido por la gran masa social de la capital aragonesa, hasta que el alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, propuso dedicar una calle al fundador del Opus Dei, el oscense José María Escrivá de Balaguer, en detrimento de la calle dedicada al General Sueiro, profesor de la Academia General Militar, golpista fallido en 1936 y, tras la victoria sobre el Gobierno constitucional republicano, Capitán General.

De esta manera, Belloch defendió que el fundador de la Obra de Dios, así como el hecho de ser un “aragonés universal y santo”, reunía suficientes méritos para que se le dedique una calle, pues “es un hombre importante”, en sus propias palabras, “independientemente de cuáles fuesen sus ideas, que han generado bastantes catástrofes en la humanidad”.

Estos son los hechos, que parecen haber sido enmendados por él mismo, dada la presión de la ciudadanía, en general, y los propios vecinos de la calle afectada, en particular. Pero, lo más grave, sin duda, es que el máximo dirigente de una ciudad, su alcalde, rompa el consenso político, ningunee a sus ciudadanos y les impida si quiera opinar con frases como «A un hombre no se le pone por consenso una calle, sino por méritos, y un santo tiene méritos, nada menos que eso, ser santo».

Y, claro está, esto conlleva un gasto público extraordinario importante, ya que, además del coste de creación de nuevas placas, así como su instalación, las pequeñas y medianas empresas, perjudicadas por los cambios del callejero, tendrán que modificar su ‘merchandising’, esto es, sus tarjetas, bolsas, carteles, etc. Un coste que el Ayuntamiento planea costear para acallar a los damnificados. Y todo esto, como todo el mundo sabe y sufre, en tiempos de crisis, en tiempos de invertir dinero en las personas y no en las ideas (si se tienen), que ya habrá tiempos mejores…

En definitiva, una ciudad como Zaragoza no puede cambiar, en este caso, sus calles sin el consenso de sus políticos y, claro está, de sus ciudadanos, pues no podemos estar modificando vías cada vez que haya elecciones y el color político cambie en la planta noble del Consistorio. Algo lógico, lo de la falta de consenso, en la época del General Franco, pero no así en una ‘democracia’ como la actual, claro está, siempre que no tengamos obligaciones ‘extra políticas’ y/o la necesidad de distraer la atención de los problemas cotidianos…

PD: Otro día podremos hablar del error histórico de mezclar “las churras con las meninas” o, lo que es igual, la política con la religión -y viceversa-. En temas políticos no cabe (no debería caber) la religión, así como en temas religiosos no cabe (no debería caber) la política.

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