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“El arte es uno de los medios de comunicación entre los hombres” (León Tolstói)
La historia de la Real Academia de San Luis se basa en la entregada labor de promover el estudio y la práctica de las bellas artes. Una tarea a la que se puede vincular el principal objetivo de la exposición que ha acogido el Palacio de Montemuzo, desde el pasado día 29 de noviembre hasta ayer, en la que algunos de los miembros de la Academia, activos en la destreza artística dentro de diversas especialidades, nos han enseñado sus trabajos de las tres últimas décadas, con lo que han puesto ante nuestros ojos la actualidad de una institución que cuenta ya con casi doscientos veinte años de historia.
Así, hemos podido contemplar eminentes trabajos de escultura, fotografía, pintura, dibujo y grabado, a través de los cuales nos hemos acercado al panorama artístico institucional de la capital aragonesa. Y, comenzando por la primera especialidad artística comentada, la escultura, la nómina de artistas que han presentado obra recogen nombres como los de Jorge Albareda (Zaragoza, 1926), con su conocida obra “Cristo Resucitado”, que recordamos cada año en la Semana Santa zaragozana; Manuel Arcón (Barasona, Huesca, 1928) y su “Descanso”; Miguel Galanda (Caspe, Zaragoza, 1951); Fernando García Grúas (Zaragoza, 1971); Santiago Gimeno (Nonaspe, Zaragoza, 1952) o Javier Sauras (Huesca, 1944).
Tras los trabajos escultóricos, es conveniente repasar los artistas que han propuesto obras dedicadas a la pintura, entre los que encontramos nombres como los de Agustín Alegre Monferrer (Santa Eulalia del Campo, Teruel, 1936); Esperanza Altuzarra (Bilbao, 1952); Jacinto del Caso (Borja, Zaragoza, 1932); José Ignacio Baqué Calvo (Zaragoza, 1941); Natalio Bayo (Épila, Zaragoza, 1945), que este mes de enero ha inaugurado una exposición en el Museo del Grabado de Fuendetodos, con 295 obras que ha donado a la Fundación Goya-Fuendetodos; Mª Ángeles Cañada (Oliete, Zaragoza, 1951); Mercedes Gómez-Pablos (Palma de Mallorca, 1940); Manuel Monterde Hernández (Zaragoza, 1943); Mª Cruz Sarvisé Laiglesia (Zaragoza, 1923); Antonio María Almazán (Zaragoza, 1932); Fernando Alvira Banzo (Huesca, 1947); José Beulas (Santa Coloma de Farnés, Gerona, 1921); Pilar Moré y Almenara (Fraga, Huesca, 1940); José Luis Lasala (Zaragoza, 1945) o, entre otros, Isabel Guerra (Madrid, 1947), que ha expuesto el sobresaliente retrato institucional del presidente de la Real Academia, Domingo Buesa.
En otro orden de cosas, el arte del grabado ha estado representado por el artista Pascual Blanco Piquero (Zaragoza, 1943), cuyo trabajo tiene la característica de combinar técnicas al servicio de la expresión, en la que el ser humano centra la composición. Y, sin apartarnos del amplio mundo de la gráfica, cabría hablar de las propuestas de Jorge Gay (Zaragoza, 1950), artista representante de la figura humana dentro de un universo de realismo cercano a la magia y población de fantasía; y Teodoro Pérez Bordetas (Zaragoza, 1927), en cuya carrera ha plasmado a la región aragonesa con una admirable capacidad de síntesis y cierta poética silenciosa concentrada en el trazo y la composición de lugares en los que reina la historia y un callado grito de atención a la memoria.
Y, como no podía ser de otra manera, la exposición ha contemplado también el arte de la fotografía, que ha sido representada por nombres como los de Rafael Navarro (Zaragoza, 1940), cuyos temas siempre han estado relacionados con la naturaleza, el ser humano y el paisaje; José Verón Gormaz (Calatayud, Zaragoza, 1946), que se autodefine como poeta, narrador, periodista y fotógrafo; José Laborda Yneva (Zaragoza, 1949), que utiliza la fotografía como medio plástico de expresión a través de la cual mostrar los detalles de una arquitectura que sirve para definir espacios, entornos, ambientes y ciudades; o el arquitecto Alejandro Rincón González de Agüero (Zaragoza, 1952), cuya relación con la cultura y el arte es vocacional, que le ha llevado a desarrollar diversos proyectos relacionados con la gráfica, la escultura y las instalaciones.
Por tanto, hemos podido disfrutar de una muestra que ha ofrecido una visión extensa del arte elaborado en Aragón, aproximadamente en los últimos treinta años, por diversos miembros de una institución oficial de defensa y promoción de la cultura artística, como es la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, y que demuestra que se han desarrollado diferentes manifestaciones artísticas, con especial predilección por un arte figurativo que, en numerados ejemplos, como bien indica Mª Belén Bueno Petisme en el prólogo del catálogo, “se separa de la realidad y para el que son la naturaleza y el ser humano los principales referentes, siempre trabajados desde la voluntad creativa con oficio y tradición”.
Para aquellos que no hayáis podido contemplar las treinta y una obras expuestas en el Palacio de Montemuzo, os invito a visitar el álbum expositivo que he creado en Flickr para tal fin.
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30 de enero de 2012
“Jamás habrá otra ni más España que la que salga de la cabeza de los españoles”
Esta tarde, desde la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, homenajearemos a Joaquín Costa, un aragonés universal y el mayor representante del movimiento intelectual decimonónico español, conocido como «Regeneracionismo», dado que, el pasado día 8 de febrero, tuvo lugar el centenario de su fallecimiento en la localidad oscense de Graus.
Así, tal y como en su día indicó el Excmo. Sr. Dr. D. Domingo Buesa, Presidente de la Real Academia, aunque no haya sido mucha su influencia real en la vida diaria de la España del siglo XX, hay que reconocer que la figura de Joaquín Costa ha protagonizado la mayoría de los análisis sobre la modernidad de la realidad española. Una permanente presencia, del que pronto fue conocido como “El león de Graus”, gestionada desde diferentes enfoques que, al final, han contribuido a convertirlo en una referencia para todos los que querían hablar del problema del campo español, de la necesidad de la educación, o para aquellos que se adentran en la complicada discusión sobre la gestión del agua.
Costa trabajó y estudió en Huesca —magisterio, bachiller— y Madrid, donde se doctoró en Derecho (1872) y Letras (1875) y, un año después, escribió “La vida del Derecho” (1876), siendo profesor auxiliar en la Universidad Central, cargo al que renunció en protesta por la política educativa de la Restauración, junto a Francisco Giner de los Ríos y otros miembros de la Institución Libre de Enseñanza.
Sus humildes orígenes le inclinaron a la política y estudió, particularmente, las raíces populares del derecho consuetudinario español (Introducción a un tratado de política textualmente de los refraneros, romanceros y gestas de la Península, 1881) y el mundo rural, al participar en los Congresos de Agricultores y Ganaderos (1880–1881).
Con la vocación europeísta que trajo de Francia, y con sus amores incomprendidos en la católica Huesca, Joaquín Costa comenzó un periplo por las ciudades españolas en busca de una plaza segura que le aportara tranquilidad económica, aunque su amor apasionado a España le hizo involucrarse —allí donde estuviera— en el estudio y el conocimiento de esos territorios, de esas sociedades, de ese pasado común.
Toda su vida fue un peregrinar, en el que no buscó nunca los honores (incluso renunció a ser ministro con Cánovas y con Sagasta), pero en el que intentó despertar las conciencias a ras de calle, hacer nacer en las plazas de España la reivindicación que llevarán al futuro, al progreso, a la libertad. Y, todo ello, desde la apuesta rotunda por lo europeo, que intentó vender como la mejor salida a la crisis de 1898. Esta imagen personal del europeísta es la que describió, con intensidad plástica y gran sutileza, el maestro Azorín cuando indicó cómo “el señor Costa… se ha levantado de su sillón, penosamente, con una laxitud profunda, y se ha acercado al balcón… Y el señor Costa, con los ojos melancólicos, pegados a los cristales, piensa en la europeización, imposible, de España”.
Por todo ello, y por mucho más, en esta tarde del 8 de marzo, a las 19.30 horas, se recordará la figura de este aragonés universal con la conferencia (“Joaquín Costa en el arte”) que impartirá el académico Ilmo. Sr. Dr. D. Wifredo Rincón García, Investigador Científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, del que ha sido Director del Departamento de Publicaciones y, actualmente, Jefe del Departamento de Historia del Arte.
Etiquetas: centenario, Joaquín Costa, Real Academia, Regeneracionismo, San Luis
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8 de marzo de 2011
“La pintura es poesía muda; la poesía, pintura ciega” (Leonardo da Vinci)
Ayer se cumplió el 86º aniversario del fallecimiento (Zaragoza, 1924) del ilustre pintor aragonés Mariano Barbasán Lagueruela, quien, nacido en la capital maña en 1864, se formó en la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia, donde se matriculó en 1880, manteniendo una estrecha relación con sus condiscípulos Joaquín Sorolla y Salvador Abril. En 1887, a la edad de 23 años, se trasladó a Madrid y realizó sus primeras obras, pequeños cuadros de género teatral e histórico ambientados en Toledo. Ese mismo año participó en la Exposición Nacional con el cuadro titulado ‘Noche de Walpurgis de Fausto’ y, gracias a la obra ‘José explicando el sueño del copero en el palacio del Faraón’, en 1899 obtuvo una pensión de la Diputación de Zaragoza para completar su formación pictórica en la Academia Española de Roma, decidiendo establecerse permanentemente en Italia, por lo que abrió un estudio en Roma, pero trabajando durante largas temporadas anuales en lugares de la campiña romana, como Subiaco y Anticoli Corrado.
Aunque pintó inicialmente alguna obra de carácter histórico (‘Pedro III en el collado de las Panizas’), enviada a la Diputación de Zaragoza en 1891, cultivó sobre todo la pintura paisajista y escenas de la vida rural, que adquirió una temprana difusión en Europa merced a la intervención de marchantes ingleses y alemanes, así como por sus repetidas exposiciones en Berlín, Munich, Viena y en Montevideo, donde se trasladó en 1912 para realizar dos exposiciones individuales en el Círculo de Bellas Artes. Sin embargo, su obra fue poco conocida en España, ya que salvo una temprana participación en la Exposición Nacional de 1887, no volvió a exponer hasta su regreso definitivo a Zaragoza, donde celebró en 1923, dos años después de su regreso, una muestra antológica –muy elogiada– en el Centro Mercantil, y otra, póstuma, en 1925 en el Museo de Arte Moderno de Madrid, seguidas, en años sucesivos, de otras retrospectivas, organizadas por su hijo Mariano Barbasán Lucaferri, que contribuyó a consagrar definitivamente a su padre como una figura clave de la pintura aragonesa de finales del XIX y principios del XX.
Quebrantada su salud, regresó de Roma a Zaragoza en 1921, contando con la edad de 57 años, siendo recibido elogiosamente y ocupando un puesto en la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, vacante por la muerte del pintor Francisco Pradilla y Ortiz. Aparte de las obligadas obras de pintura de historia como pensionado, cultivó exclusivamente el género costumbrista inspirado en el natural de los pueblos italianos, recogiendo en bucólicas composiciones los aspectos más pintorescos del paisaje y de la vida cotidiana, no exentos, a veces, de humor. Su estilo destaca por un esplendoroso colorido y sensitiva luminosidad, logrados mediante una técnica de pincelada abreviada y de pequeños toques de color, derivada del estilo de Fortuny y de los macchiaioli (en italiano manchistas o manchadores) y preimpresionistas italianos.
Bibliografía GEA: Pantorba, Bernardino de: Mariano Barbasán; Madrid, 1939 (ed., Mariano Barbasán Lucaferri). Pantorba, Bernardino de: Mariano Barbasán. Edición crítica de Manuel García Guatas. Zaragoza, CAZAR, 1984.
Etiquetas: macchiaioli, Mariano Barbasán, preimpresionismo, Real Academia, San Luis
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23 de julio de 2010
Esta tarde, desde la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, homenajearemos al que, en el momento actual, es el único superviviente de una brillante generación de catedráticos universitarios de Historia del Arte aragoneses, entre los que cabe recordar a José Camón Aznar (1898-1979), Francisco Abbad (1910-1972), Julián Gállego (1919-2006) y Santiago Sebastián (1931-1995). Esto es, al Excmo. Sr. Dr. D. Federico Torralba Soriano, Presidente de Honor de la Real Corporación, quien nació en Zaragoza el 31 de agosto de 1913, por lo que cuenta con la edad de 97 años.
Tanto su formación académica, con licenciaturas en Filosofía y Letras y en Derecho, como su vida profesional transcurren en la Universidad de Zaragoza, iniciando su tarea docente en 1941, como Profesor Ayudante de Clases Prácticas en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1956 obtuvo el grado de Doctor en Filosofía y Letras en dicha Universidad y, cinco años más tarde, fue nombrado Catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo, así como de Salamanca (1970) y de Zaragoza (1972). En 1983 se jubiló sin abandonar sus tareas dentro del arte como profesor emérito y escritor, creando escuela en Zaragoza, y siendo el XXVIII Director de la Real Academia de San Luis, entre 1992 y 1997.
La trayectoria académica de Torralba puede considerarse autodidacta, fundamentada en la historiografía francesa, que ha cultivado en sus frecuentes viajes a Paris, desarrollando una apasionada y poco usual vocación por la pintura moderna, a la que dedica un revelador ensayo crítico en el año 1946, con el título “Trayectoria de la pintura moderna”. Desde Zaragoza ha impulsado y participado como crítico en uno de los principales movimientos artísticos de vanguardia, como el Grupo Pórtico, la primera abstracción española entre 1947 y 1952, formado por los pintores Santiago Lagunas, Eloy Laguardia y Fermín Aguayo, organizando el “Primer Salón Aragonés de Pintura Moderna” en 1949. Al mismo tiempo, ha desarrollado una importante labor de difusión del arte actual, mediante conferencias y exposiciones, desde la cátedra “Goya” de la Institución “Fernando el Católico”.
Es autor de numerosas publicaciones sobre arte de diferentes épocas y de diversas disciplinas artísticas, sin olvidar sus artículos sobre teatro. Así, con el título de “Pintura contemporánea aragonesa” firmó el libro básico y de referencia, publicado por Guara editorial en 1979, en el que resume en lenguaje académico su permanente labor como crítico de arte e impulsor de premios de pintura, como el San Jorge de la Institución “Fernando el Católico”, así como su tarea de galerista en Zaragoza (Kalos y Atenas) y de fomento de los grupos artísticos, como en el caso del grupo Azuda 40. En su inclinación por Francisco de Goya pesa, sin duda, como en José Camón Aznar y en Julián Gállego, su naturaleza aragonesa; siempre interesado por la obra de Goya en Aragón, defiende la madurez del artista como pintor en el conjunto mural de la Cartuja de Aula Dei, obra que -por su aislamiento- era poco conocida de la historiografía española, y a la que Julián Gállego dedicó también un estudio monográfico.
De esta manera, ha sido distinguido con tan diversos como merecidos honores, como la Medalla de Oro de la Ciudad de Zaragoza, el Premio Aragón de las Artes o la Medalla de Oro de la Institución “Fernando el Católico” de Zaragoza. Y esta tarde, en el Museo de Zaragoza, presentaremos su retrato oficial, realizado por el pintor D. Domingo García Ibáñez (Zaragoza, 1942), que adornará el Salón de Actos donde ya podemos contemplar a otros históricos Presidentes de la Real Corporación como, por ejemplo, el ofrecido la semana pasada por el académico Ilmo. Sr. D. Manuel Sancho Rocamora, el del Excmo. Sr. D. Félix O’Neille y O’Neille.
Etiquetas: Director, Federico Torralba, Presidente, Real Academia, San Luis
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30 de junio de 2010
En estos momentos, está teniendo lugar la Sesión Pública de presentación del retrato (ver reproducción junto a su biografía) de quien fuera primer Presidente de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, Excmo. Sr. D. Félix O’Neille y O’Neille, con el siguiente orden del día:
- Lectura del acuerdo corporativo por el Ilmo. Sr. D. Javier Sauras Viñuales.
- Discurso de ofrecimiento de la obra a cargo del académico Ilmo. Sr. D. Manuel Sancho Rocamora.
- Clausura del acto por el Excmo. Sr. D. Domingo J. Buesa Conde, Presidente de la Real Academia.
Por ello, dadas las enormes dificultades para conocer la historia de este tan singular como esencial personaje, añado a continuación una breve biografía, extraída de la última “Relación General de Señores Académicos” (publicada en 2004), que permitirá conocer mejor las hazañas de un hombre que tuvo el honor de ser el primer Presidente de la Real Academia de San Luis.
BIOGRAFÍA DEL EXCMO. SR. D. FÉLIX O’NEILLE Y O’NEILLE
Descendiente de los Reyes de Hibernia (Irlanda), Príncipes de Ultonia y Condes de Valmont y de Tirone. Católico emigrado. Sirvió a los Reyes de España (de 25 de marzo de 1730 a 12 de julio de 1792) en los Reales Ejércitos. Herido en combate. Prisionero de guerra en Italia. Salvó la vida a Carlos Estuardo en la Batalla de Culloden (27 de abril de 1745).Condenado a muerte pasó 15 meses prisionero en el Castillo de Edimburgo (Escocia). Jefe, Inspector y Director del Cuerpo (1762) para defender las costas de Galicia (España). Gobernador Militar y político de Tuy (Pontevedra). Segundo Jefe del Ejército de Galicia. Gobernador Militar y Político de Gerona (29 de junio de 1780) y de Barcelona (16 de noviembre de 1782). Comandante General del Principado de Cataluña (4 de agosto de 1782). Subdelegado General de Caminos del Reino de Galicia (España). Capitán General de Aragón (de 29 de noviembre de 1784 a 12 de julio de 1792). Socio (14 de enero de 1785) y Director Primero (19 de noviembre de 1790) de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. Inspector General de Infantería (1786). Consejero Nato del Supremo de Guerra. Teniente General (1787). Presidente de la Real Audiencia de Aragón. Gran Cruz de Carlos III (1792). Ilustrado. Mecenas. Economista. Protector de las Ciencias, las Artes y el Comercio. Bibliófilo. Fomentó la creación de la Real Academia de San Luis.
Primer Presidente, de 11 de abril de 1792 a 12 de julio de 1792. Académico de Honor, de 11 de abril de 1792 a 12 de julio de 1792.
Nació en Ultonia (Irlanda), en 1720.
Falleció en Zaragoza, el 12 de julio de 1792.
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24 de junio de 2010
Tal día como hoy, en el año 1792, se fundó la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, que actualmente preside el Excmo. Sr. D. Domingo J. Buesa Conde, gracias a la labor del Conde de Aranda, quien obtuvo, tras 38 años continuos de razonadas peticiones de sus sobrinos Vicente y Ramón Pignatelli y Moncayo (hijos de los condes de Fuentes), el deseado Real Decreto de Carlos IV, gracias también al apoyo de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, fundada en 1776.
Por ello, en este día tan especial para sus señores académicos y para toda la sociedad zaragozana y aragonesa, publico a continuación un texto de Adolfo Castillo Genzor, académico de San Luis desde el 20 de noviembre de 1955 hasta el día de su fallecimiento en Zaragoza el 8 de octubre de 1988, cuyo libro editó la propia Real Academia en su CLXXXVIII aniversario, en 1980, correspondiente al apartado «Síntesis histórica»:
«La creación –en 1749– de la Real Academia de San Fernando, cuya apertura tuvo lugar en Madrid en 1752, fue el antecedente inmediato del establecimiento en Zaragoza de la Real Academia de San Luis. Mas para ésta no se presentaron las cosas tan fáciles como para la Corporación madrileña. Por lo pronto, hubo de sufrir antes un largo calvario de desdenes, de rechazos, que da principio en 1754, año en que el nombre zaragozano Vicente Pignatelli Moncayo, hijo de los condes de Fuentes, alcanzó del obnubilado y triste Fernando VI la regia licencia para organizar, y presidir, una a modo de junta preparatoria de la pretendida Academia, junta que tropezó con toda suerte de imponderables, disolviéndose al cabo de no mucho tiempo sin haber logrado nada práctico, supuesto que su entusiasmo inicial se hizo trizas ante la renuente actitud de los ministros fernandinos, cuya fobia contra Aragón neutralizó la buena disposición del monarca.
Igual resultado tuvo una segunda intentona, realizada diecisiete años después por otro Pignatelli –Ramón–, quien fracasó en 1771 por la misma causa que su hermano Vicente: el deseo de Floridablanca de hacer a Zaragoza víctima de más desplantes de metomentodo.
Más afortunado fue el tercer envite fundacional, patrocinado por el Conde de Aranda, que triunfó donde fueron vencidos sus sobrinos Vicente y Ramón, de tal suerte que pese a la oposición declarada de Floridablanca logró arrancar de Carlos IV, en 17 de abril de 1792, el suspirado decreto de fundación de la «Real Academia de las tres Nobles Artes de San Luis», conseguido al cabo de 38 años continuos de razonadas peticiones, de súplicas constantes.
En el largo intervalo transcurrido entre lo pretendido por los Fuentes y lo que Aranda conquistó para Zaragoza se produjeron en la capital aragonesa dos hechos importantes. De una parte, la fundación de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, en 1776; de otra, la de la nueva Escuela de Dibujo, que la expresada Entidad puso bajo los auspicios y dirección de su socio benemérito don Juan Martín de Goicoechea, Caballero de Carlos III y propulsor que fue de la industria textil zaragozana, quien halló acomodo decente y capaz para la Escuela en las salas bajas del palacio renacentista de los Zaporta, sito en la calle Alta de San Pedro, en el que residió no mucho antes María Teresa de Vallabriga y Drumond, viuda del Infante don Luis de Borbón y Franesio, hermano menor del rey don Carlos III. Por su gran patio plateresco, vendido al extranjero y rescatado al cabo de cincuenta y cinco años por el mecenazgo de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, se fueron habituando los alumnos de la Escuela tutelada por la Económica al quehacer artístico de los artífices más ilustres del Quinientos aragonés. Semilla y cimiento, en lo escolar y docente, de la Academia de San Luis, ésta no hubiera nacido sin la previa natividad de aquélla, cuyos profesores y alumnado quedaron encuadrados en la Real de San Luis, al inaugurar sus actividades el 11 de abril de 1793.
Se impartieron desde entonces en sus aulas las enseñanzas de Pintura, Arquitectura, Escultura y Grabado, a nivel parejo con la Academia de San Fernando, con la cual tenía relación de hermandad y reciprocidad, por funcionar ambas a nivel de las Escuelas Superiores de Bellas Artes. La de San Fernando lo conserva todavía. En cuanto a la de San Luis fue Isabel II la culpable de la peor injuria hecha al Arte y a la Cultura de Aragón, al desmontar su labor pedagógica en virtud de un real despacho que lleva la fecha de 31 de octubre de 1849. Un ministro de Fomento isabelino –Seijas– sería el verdugo que ajustició a la Real Academia de San Luis como órgano rector de cultura artística superior. Otra real disposición, la del 17 de mayo de 1850, se completaría con una tercera, la del 13 de agosto del mismo año, con respecto al número «clausus» de académicos, y también a su distribución en secciones, innovación ésta que todavía continúa, aunque con acusadas diferencias de matiz y de contenido.
En un principio, y al nacer la Academia a la sombra, y como hijuela, de la Real Sociedad Económica Aragonesa, los socios de ésta la rigieron y gobernaron, nutriendo las filas de la de San Luis como miembros de honor muchos de ellos, aunque no todos, ya que para acceder al rango académico era precios acreditar antes «ser persona de distinguido carácter, amor a las Artes y celosa del bien público». Su número, por tanto, era variable, repartido en dos clases o compartimientos. Los académicos de honor, ya dichos, y los de mérito, elegidos entre los profesionales de las Bellas Artes de reputación más lograda.
La reforma de 1850 redujo los cuadros académicos a veintitrés individuos tan sólo, repartidos en dos grupos numéricos iguales, con cuatro secciones, presididos por un director y dos consiliarios. Los diez eruditos formaban sección propia, y los profesionales, también en número de diez, se repartían las demás secciones de pintura (5), escultura (2) y arquitectura (3).
La precedente estructuración se mantendría sin variación alguna notable hasta la aprobación de los Estatutos vigentes, por decreto de 26 de julio de 1933. Tras de su publicación en la «Gaceta» del 3 de agosto del mismo año, han sido y son desde entonces la carta legal en la que se apoya la actual estructura académica de la Real Academia Aragonesa de Nobles y Bellas Artes de San Luis, la cual quedó organizada en cinco secciones (Arquitectura, Escultura, Pintura, Música y Literatura), compuesta cada una de cinco miembros, tres profesionales y dos de carácter erudito. Un director y dos vicedirectores completan los veintiocho individuos que integran los actuales cuadros académicos.
Novedad importante la constituye la creación de Académicos delegados de número variable, supuesto que podrán ser nombrados en todas o en algunas de las ciudades aragonesas, a excepción de Zaragoza, la capital. Hasta ahora sólo Teruel, Huesca, Calatayud, Tarazona y Barbastro cuentan con representación en el seno de la Academia, por haber hecho ésta uso de las facultades que le confieren los artículos 4º y 10º del antedicho Reglamento.
La Academia ha mantenido la categoría superior de Académico de Honor no –especificada en el Reglamento de 1933– para condecorar con la misma a las ilustres personalidades que por alguna causa se hayan hecho acreedoras a este singular galardón. Señalemos a este particular el nombramiento de Académico de Honor, en 1939, a favor de don Rigoberto Doménech y Valls, Arzobispo de Zaragoza, y el del Marqués de Lozoya y el de don Gratiniano Nieto Gallo en 1964.
La legislación actual, siguiendo el criterio centralista de los gobiernos isabelinos e 1849 y 1850, «ignoró» la inclusión de la Real Academia Aragonesa de Nobles y Bellas Artes de San Luis en el «Instituto de España», creado al amparo del decreto del Gobierno del Estado de fecha 8 de diciembre de 1937, por el cual recobraron todas las Academias el título de «Real», tratamiento que perdieron a raíz de la proclamación de la segunda República. El ministro redactor del decreto nos excluyó por nuestro rango «provinciano». La guerra la gana Madrid desde el propio Burgos, obediente al tradicional espíritu centralista que tantos daños ha causado desde que Felipe V ganó la batalla de Almansa. Es curioso constatar la persistencia del mismo error en liberales y absolutistas, monárquicos y republicanos, nacionalistas y marxistas, creyentes y ateos…
Meses antes de que en Burgos se diera de lado a la Real Academia de Nobles y Bellas Artes «de San Luis», es decir, en abril, se convertía Zaragoza en punto de cita de todos los académicos españoles residentes en la entonces llamada «zona nacional». El poder de convocatoria de la Academia aragonesa dio como resultado que pudiera celebrarse en la capital del Ebro una asamblea nacional de todas las corporaciones académicas de España. El salón de actos de la Real de San Luis fue el colmado escenario de tan sonado acontecimiento y su director, Miguel Allué Salvador, el presidente nato de la asamblea. De regirse ésta de acuerdo con las estipulaciones del decreto del 8 de diciembre, ni siquiera hubiese tenido derecho a asistir –por no dar la «talla» exigida– la propia Academia convocante… Tal despropósito legal continúa todavía, para sonrojo nuestro, como aragoneses, y para escarnio de un centralismo cegato y sin horizontes. La Academia de San Fernando estuvo parificada a la de San Luis por igual cometido institucional. La «cinta métrica» que redujo la estatura de la una para aumentar la de la otra fue de moral tan dudosa como la del ladronzuelo que aspira a vivir a costa de los bienes ajenos. El Madrid oficial –como la madrastra del cuento– sólo ve en su derredor apestosas cenicientas. Se explica lo de los trasvases, la piratería hidráulica ideada por el «centro» y por su remedo «periférico».
Ningún cronista más o menos conspicuo hizo mención del servicio prestado al arte nacional por la Academia de San Luis al situarse a la cabeza de las demás para poner en guardia acerca del expolio del tesoro artístico, abortando así una maniobra a gran escala que tenía como objetivo situar en el extranjero lo mejor de nuestro patrimonio cultural. Existe copiosa correspondencia de este tiempo en sus archivos, expresiva del impacto que causó su llamada de alarma en las naciones europeas. Quiso Suiza hacer intervenir a la Real Academia zaragozana para por su mediación devolver, al final de la guerra civil, gran parte del depósito allí acumulado y procedente de los museos españoles. Era de esperar que la gratitud obligada del Estado se concretase en algún testimonio material de su reconocimiento. Era de suponer, sí, pero a cuarenta y cuatro años fecha sigue esperando la Corporación en cuyo seno se dio Goya a conocer que Madrid, el Madrid oficial, naturalmente, rompa su ingrato mutismo, produciéndose con el talante amable que reserva a quienes lo merecen mucho menos».
Etiquetas: Carlos IV, Castillo Genzor, Conde de Aranda, Pignatelli, Real Academia, San Luis
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17 de abril de 2010
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