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CINCOMARZADA
Conmemorando la heroicidad zaragozana de 1838

“Puede ser un héroe tanto el que triunfa como el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate” (Thomas Carlyle)

Felipe V de EspañaLas leyes sálicas, un cuerpo de leyes promulgadas a principios del siglo VI por el rey Clodoveo I de los francos, que debe su nombre a la tribu de los Francos Salios, fue la base de la legislación de los reyes francos hasta que en el siglo XII el reino de los francos desapareció, y con él sus leyes. Pero, con la llegada al trono español del afrancesado rey Felipe V en el año 1713, éste introduce la Ley Sálica (del latín Lex Salica) que dictaminaba que las mujeres sólo podrían heredar el trono de no haber herederos varones en la línea principal (hijos) o lateral (hermanos y sobrinos), prohibiendo que accedieran al trono las mujeres de la dinastía Borbón, descendiente de Francia.

Sin embargo, en España nunca había habido una ley que impidiera a las mujeres reinar, y en su historia se encuentran grandes ejemplos, tales como Isabel I de Castilla (entre 1474 y 1504) o Petronila de Aragón (entre 1157 y 1164).

Así, hasta la llegada al trono de Fernando VII en 1813, a quien le tocara liderar la Guerra de la Independencia, no hubo problemas con dicha Ley. Un monarca, considerado como ‘el Deseado’aunque su historial no era nada alentador, dado que se reveló contra su padre en 1808, a quien montaba todas las madrugadas unos escándalos en Aranjuez cuando se iba de veraneo, contratando a los pobres de Madrid para que asaltaran el Palacio en la madrugada, indicándole a su padre que estaban en una especie de asalto de la población–, que iba a tener un serio problema, puesto que tuvo como descendientes y herederas a dos hijas (sus hijos varones fallecieron): la princesa Isabel (1830) y la infanta Luisa Fernanda (1832).

Fue hábil la mujer del monarca, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, dado que a la primera le pusieron el nombre de Isabel, por lo que pudiera ocurrir, pues sería complicado aseverar que las mujeres no podían reinar, cuando ésta sería Isabel II, significando que hubo una Isabel I (‘la Católica’). Pero la familia Borbón le presionó y Fernando VII firmó, el 31 de marzo de 1830, la pragmática sanción, prohibiendo a las mujeres acceder al trono de España.

En el momento de la firma, Fernando VII había quedado viudo por tercera vez, sin descendencia, y contrajo un nuevo matrimonio con María Cristina en 1829. Pero, a finales de marzo de 1830, ésta quedó embarazada y, ante la posibilidad de tener un heredero, el 31 de marzo de 1830, el rey, en su lecho de muerte, tomó la decisión de revocar la ley, sin autorización siquiera de las Cortes, e Isabel fue nombrada heredera a la Corona el 12 de diciembre de 1830, siendo una niña pequeña, bajo la tutela de su madre.

Fuente de la Princesa (Zaragoza)El nacimiento de Isabel II y su llegada al trono, fueron hechos que ni disgustaron ni resultaron raros a los ojos de la población, teniendo en la memoria los fastos de Isabel I. Algo que se demuestra, por ejemplo, en la ciudad de Zaragoza, con la construcción de la Fuente de la Princesa (1833), en homenaje a la que sería la reina Isabel II, que fue colocada en la actual plaza de España, y encontrándose –hoy en día– en el Parque Grande.

Esta aceptación, tanto por parte de la población como de los partidos políticos, hizo que su madre, Maria Cristina de Borbón-Dos Sicilias, se hiciera cargo del trono y gobernara con una regencia abierta en nombre de Isabel. Pero el problema se inició con la negativa de su cuñado en Francia, el hermano del rey Carlos María Isidro de Borbón, puesto que nos encontrábamos ante una mujer liberal que pensaba que había de abandonarse la monarquía absolutista, debiendo compartir el poder con la población (Cortes Generales, partidos políticos, etc). Por tanto, había que modificar y modernizar España, quitando a la Iglesia –con la desamortización de Mendizábal– la tierra, que tenía mucha y no cultivada, para que pudiera ser labrada por la gente; también tenía que conseguir que la gente viajara, para conectar el país, por lo que puso en marcha la revolución de los transportes y el inicio del tren en España; y, por último, debía dividir España de manera diferente, pues no se podía seguir hablando del Reino de Aragón o de Castilla, inventándose las provincias. Es decir, que su peso en la historia de este país es absolutamente relevante.

Sin duda, hablamos de una mujer moderna y revolucionaria para su época, que planteó un nuevo Estado que acabase con el Antiguo Régimen. Y, frente a ella, se encontraba la España del absolutismo y lo tradicional. Así, en el año 1827, los curas catalanes se sublevaron contra estas medidas, originándose la que hoy llamamos la Revuelta de los Agraviados, que sería el origen de las Guerras Carlistas (1833-40, 1846-49 y 1872-76), llamadas así por la oposición del príncipe Carlos María Isidro de Borbón, que indicaba que había una pragmática que prohibía reinar a las mujeres y, por lo tanto, él debía ser el rey de España, en contra de los intereses de su sobrina.

Se trataban, sobre todo, de guerras civiles, aunque tuvieron su impacto en el exterior, puesto que los países absolutistas (Imperio austríaco, Imperio ruso y Prusia) y el Papado apoyaban aparentemente a los carlistas; mientras que el Reino Unido, Francia y Portugal apoyaban a Isabel II, que se traduciría –al final– en la firma del Tratado de la Cuádruple Alianza en 1834.

Así, centrándonos ya en la zaragozana noche del 4 de marzo de 1838, más de dos mil soldados carlistas, así como trescientos hombres a caballería –que defendían la Puerta del Carmen–, entraron en la ciudad liderados por Juan Cabañero y Esponera. Unos se adentraron por el Coso hacia la Plaza San Francisco (actual Plaza de España), otros fueron al Cuartel de la Victoria y, un tercer grupo, se dirigió a la Plaza del Mercado; todo ello con la intención de desarmar al ejército y cortar el Coso Bajo, dado que era un arteria fundamental de la ciudad y, por tanto, facilitaba controlarla; además, controlando la Plaza del Mercado, evitaban que hubiera actividad y bloqueaban otra gran presencia de ciudadanos.

Primera Guerra CarlistaA partir de las cinco de la mañana, comienzaron a escucharse en la ciudad gritos a favor de Carlos María Isidro de Borbón y contra Isabel II, entrando el ejército de caballería por la Puerta del Carmen. En ese momento, los ciudadanos de Zaragoza se dieron cuenta que la ciudad estaba ocupada por los carlistas, pero los zaragozanos eran personas ya experimentadas en este tipo de situaciones, no en vano habían sufrido treinta años antes los Sitios de Zaragoza en la Guerra de la Independencia, y sabían como luchar contra los invasores, por lo que, al grito de “Zaragoza está invadida”, comenzó el conflicto armado.

Los carlistas, dado que las calles estaban repletas de muebles, enseres, somieres, etc., que los ciudadanos tiraron desde sus ventanas, decidieron sacar fuera de la ciudad a la caballería por la Puerta del Carmen y la Puerta de Santa Engracia, dejando sólo a los infantes, que se atrincheraron en San Pablo pero, al no conseguir tomar la ciudad en su totalidad, dada la fiera resistencia de sus habitantes, que respondieron al ataque armados con cuchillos, utensilios de cocina y agricultura, armas de caza y aceite y agua hirviendo, al igual que la noticia de que se acercaba –volviendo a sus cuarteles– la tropa isabelina (que se había sublevado contra el General Esteller, recientemente nombrado Gobernador militar de Zaragoza, que, incomprensiblemente, no ordenó a sus tropas la defensa de la ciudad), los carlistas abandonaron inmediatamente la ciudad.

Por ello, hoy celebramos la festividad popular zaragozana, denominada “Cincomarzada”, que conmemora el heroico comportamiento de sus ciudadanos durante esta batalla de la Primera Guerra Carlista. Y, aunque actualmente se realizan comidas campestres y múltiples festejos, como conciertos, bailes, humor, etc., tradicionalmente se recordaba con una ingesta de chocolate caliente, pues se cuenta que Cabañero, nada más ocupar la ciudad, entró en una chocolatería y pidió un tazón de chocolate caliente pero tuvo que huir sin haberlo probado y, en 1840, unido tras el Convenio de Oñate (Abrazo de Vergara), entró en Zaragoza formando parte de las tropas isabelinas que habían de combatir a Cabrera pero, cuando los zaragozanos le vieron desfilar por sus calles, le gritaron: «¡Cabañero, que se te ha enfriado el chocolate!».

Artículo relacionado: “Zaragoza, la ‘Siempre Heroica’ ciudad aragonesa desde 1838″, que recuerda el reconocimiento oficial de S.M. la Reina Regente doña María Cristina a la ciudad, quien le otorgara el glorioso título de Siempre Heroica, que únicamente comparte con la localidad murciana de Cartagena, y concediéndole el privilegio de adornar el escudo de sus armas con una orla de laurel.

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3 comentarios 5 de marzo de 2012

BASILIO BOGGIERO
El ‘vilmente asesinado’ héroe de los Sitios…

“Los sabios son los que buscan la sabiduría; los necios piensan ya haberla encontrado” (Napoleón Bonaparte)

El Padre Boggiero nació en Celle (Italia) hace ayer 258 años (5 de Abril de 1752) pero, llamado por su hermano mayor Andrés, oficial de los ejércitos españoles, vino a Zaragoza en su infancia obedeciendo a los deseos de su familia, que le destinaban a la carrera de las armas, aunque su vocación sacerdotal la condujo por distintos derroteros. Así, a los 16 años, entró en el colegio Escuelas Pías, recién fundado de Zaragoza por el obispo Tomás Crespo de Agüero, terminando los estudios, destacando como predicador eminente y sacerdote ejemplar, sobresaliendo en las aulas de Retórica, Filosofía y Teología.

Los Marqueses de Lazán y de Callizar, padres de los Palafox, consiguieron que Boggiero obtuviese permiso para trasladar su domicilio al palacio de los Marqueses, siendo el profesor de sus tres hijos: Luis, Francisco y José, a quienes preparó para su ingreso en la milicia, cumpliendo a conciencia su cometido y captando además el afecto de sus tres discípulos, e iniciando la que sería una trascendental relación personal con José, el futuro general y duque de Zaragoza.

Desde que José Rebolledo de Palafox llegó a la ciudad, con el intento de levantar el reino de Aragón contra los franceses, Basilio Boggiero fue su consejero, ya que el general le veneraba, acostumbrado desde su niñez a oírle, siendo la única persona capaz de convertir en docilidad su nativa obstinación. Al padre Boggiero se le atribuyó el famoso manifiesto de 31 de Mayo de 1808, en el cual declaraba la guerra a Francia y hacía responsable desde al Emperador hasta al último francés de la vida y seguridad de Fernando VII. Acompañó a Palafox en los combates, incluso en las discutidas salidas de la ciudad en la primera defensa (15 de junio y 4 de agosto de 1808) y, de regreso a Zaragoza el 11 de agosto, cayó en manos de los franceses y fue conducido a Torrero, donde Lefébvre le devolvió el día 13 de dicho mes, horas antes de levantar el asedio.

Estas circunstancias, y hasta el sermón gratulatorio después del triunfo de los zaragozanos en el primer asedio, daban a la influencia de Boggiero sobre Palafox una importancia inmensa, positivamente exagerada. De esta manera, el capitán francés Daudevard de Ferrusac, en una carta que lleva fecha de 14 de febrero de 1809, describió la situación con estas palabras:

“Todos los que desertan de la plaza son suizos; apenas se han pasado dos españoles. Ayer llegó a nuestros puestos avanzados una guardia entera de cincuenta hombres, con armas, bagajes y su oficial al frente. Nos aseguraron que la ciudad estaba dividida en dos fracciones; que los frailes lo dirigían todo; que el general Palafox era un hombre muy amable, querido de los soldados, y que no hacia nada sino por consejo del padre Basilio”.

Tales eran las noticias que corrían sobre la importancia de Boggiero por el campamento francés, que la entrada de Lannes en Zaragoza fue su sentencia de muerte. Y así se sentencia en los dos siguientes textos:

“Tres días después de la capitulación, a la una de la noche, llamaron de un cuarto inmediato al de Palafox, donde dormía, a su antiguo maestro D. Basilio Boggiero, y al salir se encontró con el alcalde mayor Solanilla, un capitán francés, y un destacamento de granaderos, que le sacaron fuera sin decirle donde le llevaban. Tomaron al paso al capellán D. Santiago Sas, que se había distinguido en el segundo Sitio tanto como el anterior, despidieron a Solanilla, y solos los franceses marcharon con los dos presos al Puente de Piedra. Hirieron primero a Sas, y no se oyó de su boca, como tampoco de la de Boggiero, otra voz que la de animarse recíprocamente a muerte tan bárbara e impensada. Contólo así después y repetidas veces el capitán francés encargado de la ejecución, añadiendo que el mariscal Lannes le había ordenado los matase sin hacer ruido. A tal punto el vencedor atropelló en Zaragoza las leyes de la guerra y los sagrados derechos de la humanidad.” (Conde de Toreno (Historia de la Revolución & Libro VII). Del libro “Obelisco Histórico” del general de brigada M.Salas).

“Le arrancaron violentamente de su convento a media noche, y no se había sabido más de el. Dicese, que le propusieron debía emplear sus talentos al lado del Rey José y que contestó “que su conciencia no se lo permitía”; por lo que le mataron a bayonetazos, y le arrojaron desde el puente al Ebro. Efectivamente, yo he visto un cuerpo sobre el agua, que me aseguraron era el suyo. Esta fue una venganza tanto más horrorosa cuanto que por la capitulación se había ofrecido respetar indistintamente las personas y propiedades.” (Diario de Daudevard de Ferrusac, capitán francés. Del libro “Obelisco Histórico” del general de brigada M.Salas).

Tras la capitulación de la ciudad, fue asesinado junto a Santiago Sas el 22 de febrero de 1809, rompiendo así Lannes su promesa de respetar la vida de los rendidos. Tras sus asesinatos, los franceses tiraron ambos cuerpos al río Ebro desde el puente de Piedra; motivo por el que hoy existe una cruz sobre el puente recordando dichos sucesos.

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1 comentario 6 de abril de 2010


Orlando Suarez Soy de Aragon

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