“No hay más que una manera de ser feliz: vivir para los demás” (León Tolstói)
Campana
En la torre
amarilla,
dobla una campana.
Sobre el viento
amarillo,
se abren las campanadas.
En la torre
amarilla,
cesa la campana.
El viento con el polvo,
hace proras de plata.
Federico García Lorca
Y, pensando en aquellos que creen no tener fuerzas para seguir luchando por culpa de un mal año, rendidos ante las adversidades de la vida, heridos y temerosos ante los retos del mañana, quiero dedicar este poema del siempre recordado y añoradoMario Benedetti, titulado “No te rindas“, en la voz de Gabriel Andrade:
“El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida” (Federico García Lorca)
Federico García Lorca, uno de los poetas más insignes de la historia de España, nació en Fuente Vaqueros, un pueblo andaluz de la vega granadina, el 5 de junio del mismo año en que España perdió sus colonias, esto es, en 1898. En sus poemas y en sus dramas se revela como agudo observador del habla, de la música y de las costumbres de la sociedad rural española. Una de las peculiaridades de su obra es cómo ese ambiente, descrito con exactitud, llega a convertirse en un espacio imaginario donde se da expresión a todas las inquietudes más profundas del corazón humano: el deseo, el amor y la muerte, el misterio de la identidad y el milagro de la creación artística.
Sin duda, la obra poética de Lorca, sin ánimo obviar sus obras teatrales y sus ensayos, constituye una de las cimas de la poesía de la Generación del 27 y de toda la literatura española. La poesía lorquiana es el reflejo de un sentimiento trágico de la vida, y está vinculada a distintos autores, tradiciones y corrientes literarias. En esta poesía, conviven la tradición popular y la culta. Aunque es difícil establecer épocas en la poética de Lorca, algunos críticos diferencian dos etapas: una de juventud, donde se incluyen sus primeros escritos (“Impresiones y paisajes“ (1918), en prosa; y “Libro de poemas” (1921), en el que proyecta un amor sin esperanza, abocado a la tristeza); y otra de plenitud, que comienza con el “Poema del cante jondo” (1921) y prosigue, por recordar uno de mis poemas favoritos, con el “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” (1935), una elegía de incontenible dolor y emoción que actúa de homenaje al torero sevillano que tanto apoyó a los poetas de la Generación del 27.
Pero todo comenzó a truncarse en 1936, año en que la situación política en Madrid, y en toda España, se había vuelto insostenible. Se hablaba de la posibilidad de un golpe militar y en las calles de la capital se vivieron numerosos actos de violencia, desde la quema de iglesias hasta los asesinatos políticos. Y, aunque García Lorca detestaba la política partidaria y resistió la presión de sus amigos para que se hiciera miembro del Partido Comunista, era conocido como liberal y sufrió con frecuencia las arremetidas de los conservadores por su amistad con Margarita Xirgu o con el ministro socialista Fernando de los Ríos. No obstante, también tuvo una gran amistad con el único líder y fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, muy aficionado a la poesía, diciendo de él lo siguiente: “…José Antonio. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él”.
Y es que García Lorca se sentía, como él lo dijo en una entrevista a El Sol de Madrid poco antes de su muerte, íntegramente español: “Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el sólo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”.
A pesar de ello, la popularidad de Lorca y sus numerosas declaraciones a la prensa sobre la injusticia social, le convirtieron en un personaje antipático e incómodo para la derecha e, intuyendo que el país estaba al borde de la guerra, Lorca decidió marcharse a Granada para reunirse con su familia. De esta manera, el 17 de julio estalló en Marruecos la sublevación militar contra la República y, desde Canarias, Francisco Franco proclamó el Alzamiento Nacional. Para el día 20, el centro de Granada estaba en manos de las fuerzas falangistas, por lo que el poeta, dándose cuenta de que sería peligroso quedarse en la Huerta de San Vicente, decidió alojarse en casa de la familia Rosales, en el centro de la ciudad, dado que tenía una relación de confianza con dos de los hermanos del poeta Luis Rosales, que eran destacados falangistas.
Así, la tarde del 16 de agosto de 1936, García Lorca fue detenido, tras la orden de ejecución dada por el gobernador civil de Granada, el comandante José Valdés Guzmán, por Ramón Ruiz Alonso –ex diputado de la CEDA–, un derechista fanático que sentía un profundo odio por Fernando de los Ríos y por el poeta mismo. Tras ello, fue trasladado al Gobierno Civil de Granada, donde quedó bajo custodia acusado de “ser espía de los rusos, estar en contacto con éstos por radio, haber sido secretario de Fernando de los Ríos y ser homosexual”.
Finalmente, en la madrugada del 18 al 19 de agosto, el poeta fue llevado al pueblo de Víznar junto con otros detenidos y, después de pasar la noche en una cárcel improvisada, lo trasladaron en un camión hasta un lugar en la carretera entre Víznar y Alfacar donde, tras sus últimas, valientes y rebeldes palabras (“Y mi luna, ¿dónde está mi luna?”), lo fusilaron tan vil como despreciablemente antes del amanecer… ¡PUM! ¿Cuántos versos debieron morir con él en aquella fatídica madrugada andaluza?
“[…] No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos”.(“Alma ausente – Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”)
Hoy quiero hablar, tras más de una semana de la clausura de la Expo Zaragoza 2008, de unos elementos del recinto de Ranillas que más desapercibidos han pasado, aunque se ha escrito sobre ellos, en la Red. Es el caso de los tres cubos que anteceden al recorrido interior del Pabellón Puente, en los que se dibujan algunos mensajes.
Son tres grandes cubos construidos con vidrio, madera y metal, que anteceden a la exposición que el equipo de Ralph Appelbaum ha exhibido en el interior de la majestuosa obra de Zaha Hadid, y que han estado separados por una cortina de agua.
Estos tres cubos muestran en su interior numerosos mensajes que envuelven al visitante en la realidad que presentan: la unicidad del agua.
El primer cubo, el de vidrio, muestra una apariencia de espacio envolvente que imita un gran volumen de agua que brilla. El segundo está compuesto por listones de madera que se entrelazan entre sí, aportando sombra al interior y protegiéndolo de la intemperie.
Mientras, el tercer cubo exterior, del que quiero hablar hoy, es de metal, y cuenta con palabras y frases perforadas en su superficie. Uno de los enunciados que nos ofrece esta escultura dice así: “Si Dios te da corazón, de fijo que no podrías estancarte en los remansos, agua dulce de la umbría. Quisiera por tu camino irme a la ventura un día”.
Se trata de la última estrofa del poema “¿Qué tiene el agua del río?”, del gran poeta Federico García Lorca, cuyo texto íntegro dice así:
¿Qué tiene el agua del río
esta tarde tan sentida
que parece que mirando
al claro cielo suspira?
Cielo chico y tembloroso,
viejo espejo de las vidas
¿qué romance vas cantando
entre los lirios cautiva?
¿Te has enamorado acaso,
al pensar que eres tú misma
las nubes blancas del cielo
y el verdor de la campiña?
¿Piensas que tus ondas claras,
eterna leyenda lírica,
son llantos de tus entrañas
en vez de profundas risas?
Agua mansa. Cementerio de las mimbres carcomidas
que os pone epitafios,
incensarios de algas vivas.
Azul sendero de ranas,
flautas verdes de tus linfas.
Ahora sobre el cielo,
alma honda y dormecida
¿qué tienes en el remanso
donde te paras tranquila,
monstrándonos la alameda
con nieblas de aparecida?
¿Qué tienes en tus corrientes,
transparente maravilla,
que te llenas de burbujas,
bocas por las que suspiras?
Acaso pasas soñando
algo que el hombre no olvida.
Acaso nos vayas dando,
al pasar, tu despedida,
porque lenta vas pasando
con unas gotas distintas.
¡Qué suspiros se te escapan
bajo la tarde tranquila,
a la par que ruiseñores
entre los álamos trinan
y el sol amarillo y viejo
en el monte se reclina!
¡Cómo sientes la llegada
de la noche, que es tu amiga;
cómo esperas a la luna
que te embruja y acaricia!
Agua santa del remanso,
con qué tristezas caminas.
Se diría que eres mártir
de una gran melancolía,
agua fría de este río
que en la vega va sin prisa.
Si Dios te da corazón,
de fijo que no podrías
estancarte en los remansos,
agua dulce de la umbría.
Quisiera por tu camino
irme a la ventura un día.
A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones de bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco do la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!
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