Desde el pasado 4 de diciembre del año pasado, mucho se ha hablado de una Quinta de “El Buitre” (que no “Quinta del Buitre”, como muchos denominan) que cumplía veinticinco años desde el debut de Manolo Sanchís y Rafa Martín Vázquez, en Murcia, con la primera plantilla del equipo merengue.
En su momento, ya hablé de la historia de estos excepcionales jugadores que salieron de la cantera blanca, al igual que afirmé que me parecía incompresible que aquel conocido artículo de Julio César Iglesias, titulado “Amancio y la quinta de ‘El Buitre’”, no esté publicado en Internet, ni siquiera en la hemeroteca digital del diario El País.
Por ello, hoy quiero publicar dicho artículo, esperando que, a pesar de haber pasado ya cinco días, sea un regalo de Reyes para todos los madridistas y, en general, todos los buenos aficionados al arte del fúbol.
Si queréis descargarlo en formato PDF, clicad en la imagen que muestra esta histórica página que dio nombre y punto de partida a la mejor generación de futbolistas que nos ofrecieron Amancio Amaro y Alfredo Di Stéfano. Y, para aquellos que deseéis tener este artículo pasado a hoja de texto, escribid un comentario en este artículo y os enviaré un enlace de descarga a vuestra dirección de correo electrónico.
“AMANCIO Y LA QUINTA DE ‘EL BUITRE’”, por Julio César Iglesias


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11 de enero de 2009
“El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”
Recordando a Francisco Umbral, y reteniendo tristemente en la memoria al malogrado Antonio Puertas (hoy somos todos un poco ‘sevillistas’), quiero hacer un ‘copy & paste’ de uno de sus artículos, publicado en el diario El Mundo de diciembre de 2005, titulado “La España de Di Stéfano”:
“Escribe uno esta cosa de hoy bajo lo que pudiéramos llamar la angustia Di Stéfano. El corazón raudo del futbolista universal duda entre la vida y la muerte. La presencia de Di Stéfano en los periódicos nos ha retrotraído a muchos, a todos, hacia la España de Di Stéfano, aquella España de los 50, enfrutecida cada día por la memoria colectiva de una Guerra Civil recién resuelta, pero persistente e implacable. Todavía hay herencias hostiles que creemos de nuestra memoria, pero que realmente son la España de Di Stéfano y como tal pasarán a los tiempos, como si Di Stéfano hubiera sido un rey godo.
Toda la semana, todo el calendario, giraba en torno al milagroso atleta argentino, que tuvo la simpatía de toda España, aunque él no iba precisamente de simpático. Se le llamó «la saeta rubia», porque un hombre se hace inmortal cuando la lírica se apodera de su nombre pavonado por la publicidad.
En los años de la saeta rubia España pasaba hambre, inseguridad, miedo, mediocridad, respiraba una tristeza ambiente que estaba en todas las caras. Pero ahora no recordamos nada de aquello, sino que llegábamos a la oficina con prisa de abrir el periódico y ver lo que decía de Di Stéfano, de su última proeza, de sus goles de tacón, de un domingo glorioso como lo eran todos los domingos gracias a Di Stéfano.
No sólo la lírica, como hemos dicho, sino también la filosofía hizo un alto para estudiar al futbolista. Decían que el tacón, aquel tacón mágico de meter los goles, era el punto donde residía la genialidad de Di Stéfano. Mientras tanto, estaba todo prohibido, España era una inmensa prohibición, una escasez, una digna o indigna pobreza en la que todos los cajones estaban abiertos y vacíos, con una última rodaja de chorizo revenido abandonada por el obrero o el oficinista que huyendo de su casa creía huir del hambre y del tiempo, porque estas cosas, en el recuerdo, siempre las generalizamos, cuando son realísima particularidad de nuestra biografía con jersey.
El hambre colectiva era una catástrofe callada y nacional, la miseria era una epidemia local, la escasez era un mal del barrio, porque en otros barrios, sin duda, se esponjaba, al sol de la vida, la abundancia, el ocio, la alegría brusca de vivir. Di Stéfano fue la bandera nacional que entonces nadie disputaba. Di Stéfano fue el mito de la tribu cuando la tribu había sido asesinada colectivamente por un comando de vencedores.
Los hombres se olvidaron de las mujeres, de otros deportes, de los amigos, porque ya no había amigos sino contertulios, fanáticos de Di Stéfano a favor o en contra, pero todos fanáticos. España fanatizada por un extranjero que corría mucho y el país abandonado a las carencias cotidianas, los niños, muertos ya, en la fotografía con balón que les hiciera el colegio. Mazurcas del cupón prociegos, «los grises de Franco» o sea la Policía Nacional a caballo, un padre muerto aquí en Madrid y otro en provincias.
Una cosa parecida iba a pasar con Manolete a partir del 58. Nos creábamos dioses porque el bacalao estaba muy caro y había que dejarlo pudrirse en la tienda. Todos éramos angelitos negros y por la radio -la televisión no existía- nos cantaba Machín. Lo que mejor duerme a un niño con hambre es más hambre”.
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28 de agosto de 2007
Hace tiempo que venimos hablando en la Red de la muy polémica Ley de Impulso de la Sociedad de la Información, y quiero retomar este asunto a través de un artículo de Rafael Padilla, publicado en el diario digital “Huelva Información“, que deseo difundir -la negrita del texto es mía- aprovechando este pequeño espacio en internet:
“Tengo para mí que en este mundo nuestro cada día más técnicamente indefenso frente a las veleidades totalitarias del poder, internet constituye la última esperanza de libertad. El propio nerviosismo de los gobernantes, su rechazo visceral de un instrumento que arriesga esa su ansiada capacidad de control absoluto, representa la mejor prueba de lo que afirmo. Sólo desde esta percepción pueden entenderse, por ejemplo, los sucesivos avatares de nuestra futura Ley de Medidas de Impulso de la Sociedad de la Información (LISI). Si en los primeros borradores inquietaba que se autorizara a “los órganos competentes”, sin determinar cuáles, a bloquear el acceso a páginas web (algo que hoy, con la vigente LSSI, sólo corresponde a los jueces), la concreción que ahora se introduce en el proyecto resulta escandalosa: corresponderá a la SGAE y a las demás entidades gestoras de derechos de autor decretar la retirada de cualquier contenido que, a su juicio, vulnere la propiedad intelectual. Así, sin anestesia, sin pudor ninguno de mandar a la papelera el número 5 del artículo 20 de nuestra Constitución, precepto que, para eso, exige siempre una resolución judicial.
O dicho de otro modo, de aprobarse la versión actual, los proveedores de servicios de internet tendrán que obedecer, sin previa ni ulterior revisión, las órdenes de las precitadas entidades –de cuya “sensibilidad” y “mesura” todos tenemos noticia– cuando soliciten no ya el cierre de un concreto sitio web, sino incluso la desconexión de un usuario cualquiera de internet por hacer uso de las redes P2P. Como comprenderán, la movilización ante semejante disparate está siendo inmediata.
La Asociación de Internautas, tras subrayar la oposición del mismísimo Consejo de Estado, considera que la norma prevista convierte a las Sociedades de Gestión en verdaderas instancias “judiciales”, capaces de calificar “como ilícita y culpable la actuación de un particular y de convertir a las prestadoras de servicios en empresas subordinadas al capricho de estos supuestos jueces”. En idéntico sentido, con el aval y la fuerza del millón de firmas incoloras que la sostienen, se pronuncia la Plataforma Todos contra el canon.
Es probable que tales reacciones –y las que supongo se añadirán– terminen consiguiendo que jamás se apruebe la propuesta. Pero no deja de parecerme significativo que haya llegado a idearse semejante solución, tan complaciente con los palmeros como restrictiva y antidemocrática. Una muestra más, la enésima, del respeto exacto que a nuestros dirigentes les merecen los intereses y derechos de la mayoría”.
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16 de abril de 2007