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“La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo” (Platón – Πλάτων)
Ayer por la noche, los zaragozanos tuvimos la oportunidad de escuchar en directo, gracias a la Cadena COPE Zaragoza y al patrocinio de Caja de Ahorros de la Inmaculada, a David Bustamante, en ese imponente escenario que es la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, quien presentaba así su nuevo disco, bautizado como “A contracorriente”, y repasando también algunos de los temas más exitosos de sus nueve años de carrera profesional, tales como “Dos hombres y un destino”, “El aire que me das”, “Además de ti”, “Sal y arena”, “Devuélveme la vida”, “Cobarde”, “Mi consentida”, “Princesa mía” o el nuevo single “Abrázame muy fuerte”, entre otras.
Han pasado ya diez años desde que salió del programa ‘Operación Triunfo’, esa famosa academia de la televisión que ha generado más personajes de cotilleo que artistas pero que, para algunos de sus ‘alumnos’, ha servido como una gran plataforma de lanzamiento, ofreciendo una inmejorable oportunidad a cantantes de la talla de David Bisbal, Chenoa, Soraya, Manu Carrasco o, para mí el mayor –diría que único– logro de la academia, el propio David Bustamante.
Así, tras varios discos, con este nuevo álbum, que combina canciones latinas y baladas con canciones rockeras, se ha colocado en la lista de los más vendidos, consiguiendo así ser Disco de Oro y consagrando, si es que no lo estaba todavía, una carrera que, a buen seguro, será perenne en el tiempo. Y ello porque Bustamante es un virtuoso de la voz aunque, como en el caso de ayer, no pudiera demostrarlo magistralmente por unos problemas en su garganta, así como el cansancio acumulado de una gira que le está llevando por diversos teatros de la geografía española.
Ayer, como he dicho, tocó el Auditorio de Zaragoza, del que David –por lo que pudimos hablar con él tras el concierto– salió entusiasmado y emocionado tanto por el afecto del público asistente como por la belleza del propio edificio que, indicó, era digno de la ciudad, demostrando ser, no sólo un gran artista, sino una gran persona que merece un reconocimiento a su trayectoria olvidando de dónde salió, esto es, eliminando de su nombre el inmerecido calificativo de ‘triunfito’.
Felicidades por tu nuevo trabajo, David…
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20 de Marzo de 2010
Vía GEA | El apoyo definitivo que Pedro Rodríguez de Campomanes prestó a la fundación de la Real Sociedad Matritense en 1775, a la vista de los excelentes resultados obtenidos por la Bascongada desde su aparición en 1765, fue el resorte que puso en marcha la creación en España de numerosas Sociedades Económicas, cuyos objetivos y organización fueron plasmados para ejemplo en los Estatutos de la Matritense. La incorporación de Aragón a las corrientes de renovación de las técnicas y las ciencias que se sustentaban en la Enciclopedia, iba a institucionalizarse en Zaragoza a través de una Sociedad Económica –reunida con carácter preparatorio– a partir del 3 de marzo de 1776, en los salones del Ayuntamiento zaragozano, en cuya secretaría se había recibido –a finales de 1775– una carta del Consejo de Castilla exhortando a la creación de la misma.
Así, las personas encargadas de promover –tal día como hoy– la fundación de la Sociedad, mediante visitas a los ciudadanos prominentes, fueron el corregidor Diego Navarro y Gómez, los condes de Sástago, Sobradiel, Argillo y Torresecas, el marqués de Ayerbe, el deán de la ciudad Silvestre Lario, los canónigos Ramón de Pignatelli, Carlos González y Juan Antonio Hernández y Pérez de Larrea, y, por último, el regidor decano del Ayuntamiento, Miguel Franco de Villalba. En otras palabras, la corporación municipal, con los principales nobles afincados en la ciudad como miembros destacados de la misma y altas personalidades del Cabildo metropolitano, dieron los primeros pasos.
Al constituirse la Junta preparatoria, se observaron ya cambios interesantes en esta composición. El conde de Sástago ocupaba la plaza de director, Ramón de Pignatelli la de censor, Carlos González la de secretario, Ramón Amat la de contador, Juan Martín de Goicoechea (fundador de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis) la de tesorero, el marqués de Ayerbe la de vicedirector, Manuel Turmo la de vicecensor, Tomás Fermín de Lezaún la de vicesecretario y Antonio Florencia la de vicecontador.
En un primer lugar, el Ayuntamiento fue orillado, pues tanto el corregidor como el regidor decano desaparecieron de la escena. La nobleza, como grupo social dominante, se reservaba los cargos de dirección y la censura principal; el clero alto se quedó con la secretaría; y los comerciantes adinerados aparecían ocupando las contadurías y la tesorería única, en tanto que las clases medias ocupaban la vicecensura. Pero, sin duda, la figura más destacada dentro de este grupo era Ramón de Pignatelli, ilustrado español conocido –entre otras facetas– por su proyecto de desarrollo del Canal Imperial de Aragón, dada su experiencia en temas económicos. De hecho, fue el autor del discurso pronunciado ante sus consocios el día 22 de marzo de 1776, que puede considerarse el programa sobre el que giraron las primeras actividades de la Sociedad.
NOTA: La imagen del artículo corresponde a la “Alegoría de las Bellas Artes exaltando a la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País” (1785) de Fray Manuel Bayeu y Subías.
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15 de Marzo de 2010
“El verdadero heroísmo está en transformar los deseos en realidades y las ideas en hechos” (Alfonso Rodríguez Castelao)
Hoy, tras seis días de la Cincomarzada, la festividad local que conmemora los sucesos de 1838, fecha en la que los zaragozanos de aquella época evitaron la invasión de la ciudad por parte de las tropas carlistas, se cumplen 172 años del reconocimiento oficial de S.M. la Reina Regente doña María Cristina a la ciudad de Zaragoza, quien le otorgara el glorioso título de Siempre Heroica, que únicamente comparte con la localidad murciana de Cartagena, y concediéndole el privilegio de adornar el escudo de sus armas con una orla de laurel.
La Ciudad de Zaragoza ostenta, desde tiempos inmemoriales, los títulos de Muy Noble, Muy Leal, Muy Heroica, Siempre Heroica, Muy Benéfica e Inmortal, si bien, habitualmente se utiliza solamente el de Inmortal, tal como se expresa en la exposición de motivos del Reglamento de Protocolo, Ceremonial, Honores y Distinciones del Ayuntamiento de Zaragoza, aprobado en Pleno Ordinario de 28 de marzo de 2008. Unos tratamientos que tienen como antecesores a los títulos con los que los Reyes de Aragón ilustraron a Zaragoza. Así, Pedro IV ‘el Ceremonioso’, Martín I ‘el Humano’, Juan II ‘el Grande’ y Fernando II ‘el Católico’ ilustraron a la Ciudad con el título de Imperial.
Ya en el siglo XVI, se le adjudicaron el de Cesárea Ciudad, así como el de Imperial y Siempre Augusta Ciudad de Zaragoza, aludiendo, de esta manera, al nombre de su fundador, el emperador César Augusto. Mientras, Fernando II ‘el Católico’, Carlos I y Felipe II ‘el Prudente’, al dirigirse a Zaragoza, le llamaban Augusta e Imperial e, incluso, alguna vez se referían a ella como Fidelísima. Por ello, Felipe III ‘el Piadoso’, Felipe IV ‘el Rey Planeta’ y Carlos II ‘el Hechizado’ la denominaron Imperial, Augusta y Fiel Ciudad de Zaragoza.
Mientras, en el siglo XIX, con fecha 4 de abril de 1815, el Concejo de Zaragoza se dirigió al rey, solicitándole que ratificase los honores otorgados a la ciudad y a sus habitantes, mediante Decreto de 9 de marzo de 1809. En el acta de la sesión, que celebró el Ayuntamiento de Zaragoza el 25 de marzo de 1820, se hace constar que, mediante Real Provisión, dada el 19 de marzo de 1820, se concede a la ciudad de Zaragoza el tratamiento de Muy Noble y Muy Heroica, y al Ayuntamiento el tratamiento de Excelencia.
Siguiendo con el orden cronológico, el 5 de marzo de 1838 los zaragozanos se echaron a la calle a repeler a las tropas de Juan Cabañero y Esponera (militar que –actualmente– posee una calle en la ciudad pero que, por la Ley de Memoria Histórica, pasará a denominarse “Elvira de Hidalgo” el próximo 17 de febrero de 2011). Una noticia que llegó a la Corte, desde donde se redactó, en reconocimiento al comportamiento de los vecinos en la defensa de su ciudad, un Decreto en el que se reconocía de forma oficial entre los gloriosos títulos de la ciudad el de Siempre Heroica y concediéndole, como decía al comienzo del artículo, el privilegio de adornar el escudo de sus armas con una orla de laurel.
En 1885 hubo en España una epidemia de cólera que en Zaragoza se cobró 1.298 víctimas. Así, por medio de un Real Decreto dado en Palacio el 13 de junio de 1886, suscrito por el Ministro de Gobernación y por S.M. la Reina Regente doña María Cristina, se reconocía la labor humanitaria y caritativa del vecindario de la provincia y de la ciudad de Zaragoza, autorizando al Ayuntamiento y a la Diputación Provincial a unir a sus títulos el de Muy Benéfica y ostentar en sus escudos de armas la Cruz de primera clase de la Orden Civil de Beneficencia. Y, aunque ya se había denominado a Zaragoza con el título de Inmortal, no sería hasta el 14 de junio de 1908 cuando se le concediese oficialmente este título por el rey, cuando la Ciudad celebraba el I Centenario de los Sitios de Zaragoza, signando en el Palacio Arzobispal –residencia del monarca– un Real Decreto en el que se concedía el citado título.
En la actualidad, la UNESCO le concedió el título de Ciudad Emblemática de la Cultura de la Paz (en 1999) y, en febrero de 2005, la Organización de las Naciones Unidas otorgó a la Ciudad el título de Sede del Secretariado de la Década del Agua.
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11 de Marzo de 2010
“Es muy grave el olvido de la historia o su deformación, porque la realidad siempre se venga del que no cuenta con ella” (Julián Marías)
Hoy es un día muy importante para la provincia de Zaragoza y, por ende, para todo Aragón ya que, tal día como hoy, nacieron Fernando II ‘el Católico’ (1452), Raquel Meller (1888) y Luis Galve (1908) en Sos, Tarazona y Zaragoza, respectivamente. Tres personajes esenciales, cada cual en su faceta profesional, que engrandecieron la imagen histórica de la actualmente denominada como Comunidad Autónoma aragonesa.
Por ello, quiero homenajearles –a través de este artículo– recordando, de manera muy breve, su vida y logros para su persona y, claro está, para orgullo de todos los aragoneses:
FERNANDO II ‘EL CATÓLICO’ (1452-1516)
Hijo de Juan II ‘el Grande’ y de su segunda esposa, Juana Enríquez, nació –por deseo de su madre– en territorio aragonés. Reconocido heredero de la corona aragonesa a la muerte de su medio hermano, Carlos, príncipe de Viana (1461), fue coronado como rey de Aragón en Calatayud, nombrado lugarteniente general de Cataluña (1462) y, en 1468, rey de Sicilia. Ya a la edad de dieciséis años, tuvo amores con una dama llamada Luisa de Estrada, de la que nació su primer hijo, Alfonso de Aragón, el cual llegaría a ser arzobispo de Zaragoza.
Al morir su primo, el infante Alfonso de Castilla (1468), y ser reconocida la infanta Isabel, su prima y medio hermana de Enrique IV de Castilla, como heredera de Castilla, su padre Juan II puso su empeño en conseguir el matrimonio de Fernando con la princesa castellana, que se produjo en octubre de 1469, en Valladolid. Fernando, tras arduas discusiones con la recelosa nobleza castellana, consiguió ser proclamado corregente de Castilla con los mismos derechos que Isabel mediante la Concordia de Segovia (1475).
Además de rey de Aragón (1479-1516), de Castilla (1474-1504) y de Sicilia (1468-1516), también fue rey de Nápoles (1504-1516) y regente de la corona castellana (1507-1516), debido a la enfermedad de su hija Juana, tras la muerte de Felipe el Hermoso.
RAQUEL MELLER (1888-1962)
Su verdadero nombre es Francisca Marqués López. En su pueblo natal, sus padres eran comerciantes modestos y, para aliviar la carga que suponía la educación de la pequeña Francisca, unos amigos costearon sus estudios, para lo que hubo de trasladarse a Tudela. Pero, por desavenencias con una tía suya, superiora de un convento de Montpellier (Francia), se trasladó a Barcelona, donde hizo amistad con una parroquiana, Marta Oliver, artista de variedades muy popular en aquellos años y, por su consejo, aprendió algunas canciones. Gracias a las gestiones e influencia de la Oliver, apareció por primera vez en un escenario ante el público, en febrero de 1907, en el pequeño salón ‘La Gran Peña’, utilizando ya el pseudónimo que la haría famosa. Al poco tiempo, debutó en el ‘Salón Madrid’, de la capital de España. Poco a poco fue depurando su repertorio y cambió el género atrevido de sus primeras apariciones por el que sería definitivamente el triunfo.
Así, a partir de su aparición en el teatro Arnau (Barcelona), congrega en la mugrienta sala a lo más selecto de la sociedad barcelonesa, consiguiendo hacer famosos los estribillos de sus cuplés picarescos y/o sentimentales. Hasta entonces no se cantaban couplets más que en los music-halls de baja estofa pero, al pasar Raquel a la lujosa Sala Imperio, de la Ciudad Condal, consiguió atraer a las mujeres bien, que se deleitaban con sus canciones, acompañadas de sus maridos.
LUIS GALVE (1908-1995)
Inició en su infancia los estudios musicales con la profesora Guadalupe Martínez, comenzando a interpretar con soltura a los cinco años y actuando en conciertos benéficos. Por consejo de Arthur Rubinstein, se traslada a la Residencia de Estudiantes de Madrid, ciudad en cuyo Conservatorio perfecciona estudios, tutelado por José Balsa, hasta los doce años, trasladándose a continuación a París. Allí sigue las enseñanzas del profesor Isidor Philipp, que en 1929 lo presenta en un concierto en la Sala Erard, que lo consagra como un gran pianista. Su sensibilidad y elegancia interpretativa tuvo una especial significación en autores como Scarlatti, Haydn y Mozart, o en los clavecinistas franceses. Por eso, se recuerdan sus magistrales creaciones junto a la Orquesta de Cámara de Berlín, que dirigía Hans von Benda.
A lo largo de su trayectoria musical, recibió las siguientes distinciones: Premio Nacional de Piano (1945), Condecoración de Alfonso X El Sabio (1945), calle en Zaragoza (1964), Homenaje de la Sociedad Filarmónica de Zaragoza (1990), Premio Aragón de las Artes (1990), Premio Nacional de Música del Ministerio (1993), Medalla de Oro de la Fundación Isaac Albéniz (1994) y Homenaje de la ciudad de Zaragoza con una placa en la casa donde nació en la calle Cádiz (1995). Asimismo, es Hijo Predilecto de Zaragoza, Académico de Número de San Luis y Medalla de Oro de Zaragoza, mientras que la sala de conciertos de cámara del nuevo Auditorio-Palacio de Congresos de Zaragoza lleva su nombre.
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10 de Marzo de 2010
“Si yo pinto a mi perro exactamente como es, naturalmente tendré dos perros, pero no una obra de arte” (Johann Wolfgang von Goethe)
En la fría y ventolera tarde de ayer en la ciudad de Zaragoza, tuve la satisfacción de asistir, en representación de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, a la inauguración de la exposición de mi amigo José Luis Cano, titulada ‘Mujeres del siglo XX’, en la sala Juana Francés de la Casa de la Mujer, sita en la calle D. Juan de Aragón, 2, abriendo sus puertas durante dos meses, hasta el próximo 14 de mayo.
La exposición, a la que acudieron el Excmo. Sr. D. Juan Alberto Belloch, alcalde de Zaragoza, y su esposa, Dª. Mari Cruz Soriano, entre otras personalidades, muestra una selección del proyecto ‘Mujeres del siglo XX’ y, más concretamente, 35 ilustraciones en carbón y pastel de otras tantas mujeres imprescindibles que, a lo largo del pasado siglo, abrieron caminos desde distintos ámbitos de la creación: bailarinas, investigadoras, costureras, pintoras, viajeras, escritoras, actrices, filósofas, cantantes, activistas, etc.
De esta manera, las más variadas procedencias culturales, económicas y geográficas quedan reflejadas en estos retratos, repletos de admiración e ironía, que atrapan las luces y las sombras de estas mujeres que superaron incontables obstáculos y crearon nuevos modelos de comportamiento que transformaron las relaciones humanas. Porque así es José Luis Cano Rodríguez, Cano a secas, un hombre –como diría Antón Castro– al que “le gusta sorprender, inquietar, desconcertar, le gusta que salgas de una de sus exposiciones un tanto perplejo, como si te hubieras propuesto un acertijo o un problema de cáculo de difícil resolución que te mantiene insomne tres noches completas“.
Y, aunque recomiendo efusivamente la visita in situ a esta exposición, os invito a ver tres de esos treinta y cinco retratos, entre los que encontraremos a mujeres de la talla de Pilar Bayona, Peggy Guggenheim, Lotte Lenya, Frida Kahlo, Lee Miller, Rita Levi Montalcini, Louise Bourgeois, Carmen Amaya, Rosa Parks, Marguerite Duras, Edith Piaf, Jane Bowles, Leonora Carrington, María de Ávila, Cheikha Remitti, Wislawa Szymborska, Marilyn Monroe, Pina Bausch, Wangari Maathai, Laurie Anderson, Rosa Luxemburgo, La Bella Otero, Colette, Virginia Woolf, Coco Chanel o Djuna Barnes, así como los que –extraídos del blog de José Luis Cano, donde podréis contemplar la colección completa– inserto a continuación, en honor a María Zambrano, Marie Curie y María Callas:
¡¡MUCHAS FELICIDADES, JOSÉ LUIS!!
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10 de Marzo de 2010
Hoy, aprovechando la representación de la ópera Madama Butterfly, del genial Giacomo Puccini, que tendrá lugar esta noche en el Teatro Principal de Zaragoza, es uno de esos días en los que me siento en la necesidad de volver a hablar de ese sensacional género de música teatral que es la ópera, uno de esos íntimos espacios que tan grandes pasiones ha levantado a lo largo de la historia y en el que he tenido la suerte de nacer, vivir, cultivarme y, con enorme satisfacción, contribuir activamente.
La palabra opera significa “obra” en italiano (que es el plural de opus, del Latín, que significa “obra” o “labor”) sugiriendo que combina las artes del canto coral y solista, declamación, actuación y danza en un espectáculo escénico. Y, aunque así se designara en el año 1350 –aproximadamente–, ya que algunos autores señalan como precursores formales de la ópera a la tragedia griega, a los cantos carnavalescos italianos del siglo XIV (la mascerata italiana) y a los intermedios del siglo XV (pequeñas piezas musicales que se insertaban durante las representaciones teatrales), la primera composición considerada ópera –tal como la entendemos hoy– fue Dafne, de Jacopo Peri, escrita alrededor de 1597, bajo la gran inspiración de un círculo elitista de literatos humanistas florentinos, conocidos como la “Camerata de’ Bardi“. Significantemente, esta ópera fue un intento de revivir la tragedia griega clásica, parte del más amplio revivir de las características de la antigüedad, propio del Renacimiento. De esta manera, los miembros de la Camerata consideraban que las partes corales de las tragedias griegas fueron originalmente cantadas y, posiblemente, el texto entero de todos los roles; por ello, la ópera fue concebida como una manera de “restaurar” esta situación.
No obstante, Dafne se halla perdida y una obra posterior del maestro Peri, titulada Euridice (de 1600), es la primera ópera que ha sobrevivido. Mientras, a L’Orfeo, de Claudio Monteverdi, compuesta para la corte de Mantua en 1607, le corresponde el honor de ser la primera ópera que aún se presenta regularmente.
Desde aquella época, siglo XVI, muchos han sido los estilos que han conformado a la historia operística. Así, en la era barroca, el maestro Monteverdi popularizó (1637) este género –que, hasta entonces, permanecía confinada a las audiencias cortesanas– ideando una “temporada” (Carnaval) de óperas de «interés público» en Venecia, combinando la amplia comedia con elementos trágicos en una mezcla que sacudió algunas sensibilidades educadas.
Por ello, en el siglo XVIII, el compositor alemán Christoph Willibald Gluck se dedicó a reformarla, ya que sostenía que la “opera seria” tenía que volver a sus bases, el ideal metastasiano, y que todos los diversos elementos debían subordinarse al drama. Una idea que influyó notablemente a Weber, Wagner y, sobre todo, Mozart, quien –en muchos sentidos– fue considerado el sucesor de Gluck. No obstante, la contribución de éste último a la “opera seria” fue menos clara, a pesar de sus excelentes obras Idomeneo y La clemenza di Tito, pues su estado de salud y su precoz muerte no le permitieron hacer renacer el género.
Y, aunque dedicaré más artículos –para ampliar como se merecen– a cada uno de estos estilos, es fundamental reseñar la genial aportación de las óperas alemanas (Wagner, Schubert, Schumann, etc.), francesas (Bizet, Gounod, Offenbach, etc.), rusas (Rajmáninov, Stravinsky, etc.) y, cómo no, españolas (Guridi, Albéniz, Usandizaga, etc.). Pero, ante todo, y muy personalmente, la ópera italiana y su movimiento operístico de «Bel canto», que floreció a principios del siglo XIX, siendo ejemplificado por las óperas de Rossini, Bellini, Donizetti, Pacini, Mercadante y tantos otros; así como las patrióticas obras de Giuseppe Verdi o los melodramas sentimentales “realistas” del «Verismo», introducido por Mascagni (con su Cavalleria Rusticana) y Leoncavallo (con Pagliacci), y dominado por Giacomo Puccini con obras como La Boheme, Tosca o, entre otras, la ópera que hoy podrán disfrutar los zaragozanos en el escenario del Principal, Madama Butterfly.
Hay que recordar que tal día como hoy, en los años 1842, 1844 y 1868, se estrenaron las óperas Nabucco (de Giuseppe Verdi) en La Scala de Milan, siendo su primer gran éxito; Ernani (del propio compositor italiano) en Venecia, basada en el drama de Victor Hugo; y Hamlet (de William Shakespeare) en París, respectivamente.
Etiquetas: ópera. género, música, Puccini, teatro, Teatro Principal, Zaragoza
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9 de Marzo de 2010
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