“La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo” (Platón – Πλάτων)
Ayer por la noche, los zaragozanos tuvimos la oportunidad de escuchar en directo, gracias a la Cadena COPE Zaragoza y al patrocinio de Caja de Ahorros de la Inmaculada, a David Bustamante, en ese imponente escenario que es la Sala Mozart del Auditorio de Zaragoza, quien presentaba así su nuevo disco, bautizado como “A contracorriente”, y repasando también algunos de los temas más exitosos de sus nueve años de carrera profesional, tales como “Dos hombres y un destino”, “El aire que me das”, “Además de ti”, “Sal y arena”, “Devuélveme la vida”, “Cobarde”, “Mi consentida”, “Princesa mía” o el nuevo single “Abrázame muy fuerte”, entre otras.
Han pasado ya diez años desde que salió del programa ‘Operación Triunfo’, esa famosa academia de la televisión que ha generado más personajes de cotilleo que artistas pero que, para algunos de sus ‘alumnos’, ha servido como una gran plataforma de lanzamiento, ofreciendo una inmejorable oportunidad a cantantes de la talla de David Bisbal, Chenoa, Soraya, Manu Carrasco o, para mí el mayor –diría que único– logro de la academia, el propio David Bustamante.
Así, tras varios discos, con este nuevo álbum, que combina canciones latinas y baladas con canciones rockeras, se ha colocado en la lista de los más vendidos, consiguiendo así ser Disco de Oro y consagrando, si es que no lo estaba todavía, una carrera que, a buen seguro, será perenne en el tiempo. Y ello porque Bustamante es un virtuoso de la voz aunque, como en el caso de ayer, no pudiera demostrarlo magistralmente por unos problemas en su garganta, así como el cansancio acumulado de una gira que le está llevando por diversos teatros de la geografía española.
Ayer, como he dicho, tocó el Auditorio de Zaragoza, del que David –por lo que pudimos hablar con él tras el concierto– salió entusiasmado y emocionado tanto por el afecto del público asistente como por la belleza del propio edificio que, indicó, era digno de la ciudad, demostrando ser, no sólo un gran artista, sino una gran persona que merece un reconocimiento a su trayectoria olvidando de dónde salió, esto es, eliminando de su nombre el inmerecido calificativo de ‘triunfito’.
En este nuevo Día de San Patricio, santo patrón de esa «Isla Esmeralda» que es la República de Irlanda, quiero recordar a uno de los mejores intérpretes de jazz de la historia, Nathaniel Adams Coles, más conocido como Nat ‘King’ Cole, ya que hoy se cumplen 91 años de su nacimiento en Montgomery, capital de Alabama (Estados Unidos).
Cuando Nat era todavía niño, su familia se trasladó a Chicago, lugar donde su padre, Edward Coles, se convirtió en ministro de la iglesia y su madre, Perlina Adams, en la encargada de tocar el órgano de la iglesia. Y fue precisamente ella la única maestra de piano que tuvo el artista en toda su vida, con quien aprendió tanto jazz como música gospel, sin olvidar la música clásica. Unos conocimientos que amplió en los clubs de jazz del barrio de Bronzeville, famoso a finales de los años 20 por su vida nocturna, donde tuvo la oportunidad de escuchar a artistas de la talla de Louis Armstrong o Earl Hines.
Así, inspirado por éste último, inició su carrera artística a mediados de la década de los 30, cuando aún era un adolescente, adoptando el nombre de Nat Cole, por lo que abandonó la “s” de su apellido familiar. Su hermano mayor, Eddie, bajista, se unió a la banda de Nat cuando este realizó su primera grabación en 1936, teniendo cierto éxito como banda local en Chicago y convirtiéndose en habituales en los escenarios de los clubes. De hecho, el sobrenombre de “King” (Rey) se lo dieron a Nat en uno de estos locales, quien participó también como pianista en una gira junto a Eubie Blake y, cuando la gira llegó a Long Beach (California), decidió establecerse allí.
Posteriormente, Nat se casó con Nadine Robinson y se trasladó a Los Ángeles, donde formó el “Nat King Cole Trio”, que estaba compuesto por Oscar Moore a la guitarra, Wesley Prince al Bajo y el propio Nat al piano. El trío actuó en Los Ángeles desde finales de los 30 y participó también en numerosos programas de radio, siendo considerado con un pianista de jazz brillante. Sin embargo, Cole no consiguió llegar al gran público hasta “Sweet Lorraine“, en 1940.
A principios de los años 40, el “King Cole Trio” firmó un contrato con la discográfica “Capitol Records“, con la que continuó durante el resto de su carrera y, ya en la década de los 50, la popularidad de Cole era tanta que el edificio de la “Capitol Records” era conocido como “la casa que construyó Nat”, siendo “Straighten Up and Fly Right”su primer gran éxito como cantante, una canción basada en una leyenda afroamericana que su padre había utilizado como tema para sus sermones y considerada como la canción predecesora de las primera grabaciones de rock and roll.
Nat King Cole luchó durante toda su vida contra el racismo y se negó a actuar en los lugares en los que se practicaba la segregación racial. Así, en 1956, mientras actuaba en Alabama, sufrió un ataque por miembros del “Consejo de ciudadanos blancos“ que pretendían secuestrarlo pero, a pesar de sufrir diversas heridas, completó la actuación, en la que anunció que no volvería nunca más a actuar en el sur.
Se casó por segunda vez con Maria Ellington, con la que tuvo cinco hijos, dos de ellos adoptados, pero, a la temprana edad de 46 años, debido a que era un fumador empedernido, falleció de cáncer de pulmón en 1965.
En 1983, un empleado de la filial holandesa de su casa discográfica (Capitol Records) descubrió –en los archivos– grabaciones de Cole que habían quedado inéditas a su muerte. Entre ellos, apareció un tema en español, titulado “Eres Tan Amable”, que incluyo a continuación para los amantes de la buena música…
Vía GEA | El apoyo definitivo que Pedro Rodríguez de Campomanes prestó a la fundación de la Real Sociedad Matritense en 1775, a la vista de los excelentes resultados obtenidos por la Bascongada desde su aparición en 1765, fue el resorte que puso en marcha la creación en España de numerosas Sociedades Económicas, cuyos objetivos y organización fueron plasmados para ejemplo en los Estatutos de la Matritense. La incorporación de Aragón a las corrientes de renovación de las técnicas y las ciencias que se sustentaban en la Enciclopedia, iba a institucionalizarse en Zaragoza a través de una Sociedad Económica –reunida con carácter preparatorio– a partir del 3 de marzo de 1776, en los salones del Ayuntamiento zaragozano, en cuya secretaría se había recibido –a finales de 1775– una carta del Consejo de Castilla exhortando a la creación de la misma.
Así, las personas encargadas de promover –tal día como hoy– la fundación de la Sociedad, mediante visitas a los ciudadanos prominentes, fueron el corregidor Diego Navarro y Gómez, los condes de Sástago, Sobradiel, Argillo y Torresecas, el marqués de Ayerbe, el deán de la ciudad Silvestre Lario, los canónigos Ramón de Pignatelli, Carlos González y Juan Antonio Hernández y Pérez de Larrea, y, por último, el regidor decano del Ayuntamiento, Miguel Franco de Villalba. En otras palabras, la corporación municipal, con los principales nobles afincados en la ciudad como miembros destacados de la misma y altas personalidades del Cabildo metropolitano, dieron los primeros pasos.
Al constituirse la Junta preparatoria, se observaron ya cambios interesantes en esta composición. El conde de Sástago ocupaba la plaza de director, Ramón de Pignatelli la de censor, Carlos González la de secretario, Ramón Amat la de contador, Juan Martín de Goicoechea (fundador de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis) la de tesorero, el marqués de Ayerbe la de vicedirector, Manuel Turmo la de vicecensor, Tomás Fermín de Lezaún la de vicesecretario y Antonio Florencia la de vicecontador.
En un primer lugar, el Ayuntamiento fue orillado, pues tanto el corregidor como el regidor decano desaparecieron de la escena. La nobleza, como grupo social dominante, se reservaba los cargos de dirección y la censura principal; el clero alto se quedó con la secretaría; y los comerciantes adinerados aparecían ocupando las contadurías y la tesorería única, en tanto que las clases medias ocupaban la vicecensura. Pero, sin duda, la figura más destacada dentro de este grupo era Ramón de Pignatelli, ilustrado español conocido –entre otras facetas– por su proyecto de desarrollo del Canal Imperial de Aragón, dada su experiencia en temas económicos. De hecho, fue el autor del discurso pronunciado ante sus consocios el día 22 de marzo de 1776, que puede considerarse el programa sobre el que giraron las primeras actividades de la Sociedad.
NOTA: La imagen del artículo corresponde a la “Alegoría de las Bellas Artes exaltando a la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País” (1785) de Fray Manuel Bayeu y Subías.
“Es muy grave el olvido de la historia o su deformación, porque la realidad siempre se venga del que no cuenta con ella” (Julián Marías)
Hoy es un día muy importante para la provincia de Zaragoza y, por ende, para todo Aragón ya que, tal día como hoy, nacieron Fernando II ‘el Católico’ (1452), Raquel Meller (1888) y Luis Galve (1908) en Sos, Tarazona y Zaragoza, respectivamente. Tres personajes esenciales, cada cual en su faceta profesional, que engrandecieron la imagen histórica de la actualmente denominada como Comunidad Autónoma aragonesa.
Por ello, quiero homenajearles –a través de este artículo– recordando, de manera muy breve, su vida y logros para su persona y, claro está, para orgullo de todos los aragoneses:
FERNANDO II ‘EL CATÓLICO’ (1452-1516)
Hijo de Juan II ‘el Grande’ y de su segunda esposa, Juana Enríquez, nació –por deseo de su madre– en territorio aragonés. Reconocido heredero de la corona aragonesa a la muerte de su medio hermano, Carlos, príncipe de Viana (1461), fue coronado como rey de Aragón en Calatayud, nombrado lugarteniente general de Cataluña (1462) y, en 1468, rey de Sicilia. Ya a la edad de dieciséis años, tuvo amores con una dama llamada Luisa de Estrada, de la que nació su primer hijo, Alfonso de Aragón, el cual llegaría a ser arzobispo de Zaragoza.
Al morir su primo, el infante Alfonso de Castilla (1468), y ser reconocida la infanta Isabel, su prima y medio hermana de Enrique IV de Castilla, como heredera de Castilla, su padre Juan II puso su empeño en conseguir el matrimonio de Fernando con la princesa castellana, que se produjo en octubre de 1469, en Valladolid. Fernando, tras arduas discusiones con la recelosa nobleza castellana, consiguió ser proclamado corregente de Castilla con los mismos derechos que Isabel mediante la Concordia de Segovia (1475).
Además de rey de Aragón (1479-1516), de Castilla (1474-1504) y de Sicilia (1468-1516), también fue rey de Nápoles (1504-1516) y regente de la corona castellana (1507-1516), debido a la enfermedad de su hija Juana, tras la muerte de Felipe el Hermoso.
RAQUEL MELLER (1888-1962)
Su verdadero nombre es Francisca Marqués López. En su pueblo natal, sus padres eran comerciantes modestos y, para aliviar la carga que suponía la educación de la pequeña Francisca, unos amigos costearon sus estudios, para lo que hubo de trasladarse a Tudela. Pero, por desavenencias con una tía suya, superiora de un convento de Montpellier (Francia), se trasladó a Barcelona, donde hizo amistad con una parroquiana, Marta Oliver, artista de variedades muy popular en aquellos años y, por su consejo, aprendió algunas canciones. Gracias a las gestiones e influencia de la Oliver, apareció por primera vez en un escenario ante el público, en febrero de 1907, en el pequeño salón ‘La Gran Peña’, utilizando ya el pseudónimo que la haría famosa. Al poco tiempo, debutó en el ‘Salón Madrid’, de la capital de España. Poco a poco fue depurando su repertorio y cambió el género atrevido de sus primeras apariciones por el que sería definitivamente el triunfo.
Así, a partir de su aparición en el teatro Arnau (Barcelona), congrega en la mugrienta sala a lo más selecto de la sociedad barcelonesa, consiguiendo hacer famosos los estribillos de sus cuplés picarescos y/o sentimentales. Hasta entonces no se cantaban couplets más que en los music-halls de baja estofa pero, al pasar Raquel a la lujosa Sala Imperio, de la Ciudad Condal, consiguió atraer a las mujeres bien, que se deleitaban con sus canciones, acompañadas de sus maridos.
LUIS GALVE (1908-1995)
Inició en su infancia los estudios musicales con la profesora Guadalupe Martínez, comenzando a interpretar con soltura a los cinco años y actuando en conciertos benéficos. Por consejo de Arthur Rubinstein, se traslada a la Residencia de Estudiantes de Madrid, ciudad en cuyo Conservatorio perfecciona estudios, tutelado por José Balsa, hasta los doce años, trasladándose a continuación a París. Allí sigue las enseñanzas del profesor Isidor Philipp, que en 1929 lo presenta en un concierto en la Sala Erard, que lo consagra como un gran pianista. Su sensibilidad y elegancia interpretativa tuvo una especial significación en autores como Scarlatti, Haydn y Mozart, o en los clavecinistas franceses. Por eso, se recuerdan sus magistrales creaciones junto a la Orquesta de Cámara de Berlín, que dirigía Hans von Benda.
A lo largo de su trayectoria musical, recibió las siguientes distinciones: Premio Nacional de Piano (1945), Condecoración de Alfonso X El Sabio (1945), calle en Zaragoza (1964), Homenaje de la Sociedad Filarmónica de Zaragoza (1990), Premio Aragón de las Artes (1990), Premio Nacional de Música del Ministerio (1993), Medalla de Oro de la Fundación Isaac Albéniz (1994) y Homenaje de la ciudad de Zaragoza con una placa en la casa donde nació en la calle Cádiz (1995). Asimismo, es Hijo Predilecto de Zaragoza, Académico de Número de San Luis y Medalla de Oro de Zaragoza, mientras que la sala de conciertos de cámara del nuevo Auditorio-Palacio de Congresos de Zaragoza lleva su nombre.
“Si yo pinto a mi perro exactamente como es, naturalmente tendré dos perros, pero no una obra de arte” (Johann Wolfgang von Goethe)
En la fría y ventolera tarde de ayer en la ciudad de Zaragoza, tuve la satisfacción de asistir, en representación de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, a la inauguración de la exposición de mi amigo José Luis Cano, titulada ‘Mujeres del siglo XX’, en la sala Juana Francés de la Casa de la Mujer, sita en la calle D. Juan de Aragón, 2, abriendo sus puertas durante dos meses, hasta el próximo 14 de mayo.
La exposición, a la que acudieron el Excmo. Sr. D. Juan Alberto Belloch, alcalde de Zaragoza, y su esposa, Dª. Mari Cruz Soriano, entre otras personalidades, muestra una selección del proyecto ‘Mujeres del siglo XX’ y, más concretamente, 35 ilustraciones en carbón y pastel de otras tantas mujeres imprescindibles que, a lo largo del pasado siglo, abrieron caminos desde distintos ámbitos de la creación: bailarinas, investigadoras, costureras, pintoras, viajeras, escritoras, actrices, filósofas, cantantes, activistas, etc.
De esta manera, las más variadas procedencias culturales, económicas y geográficas quedan reflejadas en estos retratos, repletos de admiración e ironía, que atrapan las luces y las sombras de estas mujeres que superaron incontables obstáculos y crearon nuevos modelos de comportamiento que transformaron las relaciones humanas. Porque así es José Luis Cano Rodríguez, Cano a secas, un hombre –como diría Antón Castro– al que “le gusta sorprender, inquietar, desconcertar, le gusta que salgas de una de sus exposiciones un tanto perplejo, como si te hubieras propuesto un acertijo o un problema de cáculo de difícil resolución que te mantiene insomne tres noches completas“.
Hoy, aprovechando la representación de la ópera Madama Butterfly, del genial Giacomo Puccini, que tendrá lugar esta noche en el Teatro Principal de Zaragoza, es uno de esos días en los que me siento en la necesidad de volver a hablar de ese sensacional género de música teatral que es la ópera, uno de esos íntimos espacios que tan grandes pasiones ha levantado a lo largo de la historia y en el que he tenido la suerte de nacer, vivir, cultivarme y, con enorme satisfacción, contribuir activamente.
La palabra opera significa “obra” en italiano (que es el plural de opus, del Latín, que significa “obra” o “labor”) sugiriendo que combina las artes del canto coral y solista, declamación, actuación y danza en un espectáculo escénico. Y, aunque así se designara en el año 1350 –aproximadamente–, ya que algunos autores señalan como precursores formales de la ópera a la tragedia griega, a los cantos carnavalescos italianos del siglo XIV (la mascerata italiana) y a los intermedios del siglo XV (pequeñas piezas musicales que se insertaban durante las representaciones teatrales), la primera composición considerada ópera –tal como la entendemos hoy– fue Dafne, de Jacopo Peri, escrita alrededor de 1597, bajo la gran inspiración de un círculo elitista de literatos humanistas florentinos, conocidos como la “Camerata de’ Bardi“. Significantemente, esta ópera fue un intento de revivir la tragedia griega clásica, parte del más amplio revivir de las características de la antigüedad, propio del Renacimiento. De esta manera, los miembros de la Camerata consideraban que las partes corales de las tragedias griegas fueron originalmente cantadas y, posiblemente, el texto entero de todos los roles; por ello, la ópera fue concebida como una manera de “restaurar” esta situación.
No obstante, Dafne se halla perdida y una obra posterior del maestro Peri, titulada Euridice (de 1600), es la primera ópera que ha sobrevivido. Mientras, a L’Orfeo, de Claudio Monteverdi, compuesta para la corte de Mantua en 1607, le corresponde el honor de ser la primera ópera que aún se presenta regularmente.
Desde aquella época, siglo XVI, muchos han sido los estilos que han conformado a la historia operística. Así, en la era barroca, el maestro Monteverdi popularizó (1637) este género –que, hasta entonces, permanecía confinada a las audiencias cortesanas– ideando una “temporada” (Carnaval) de óperas de «interés público» en Venecia, combinando la amplia comedia con elementos trágicos en una mezcla que sacudió algunas sensibilidades educadas.
Por ello, en el siglo XVIII, el compositor alemán Christoph Willibald Gluck se dedicó a reformarla, ya que sostenía que la “opera seria” tenía que volver a sus bases, el ideal metastasiano, y que todos los diversos elementos debían subordinarse al drama. Una idea que influyó notablemente a Weber, Wagner y, sobre todo, Mozart, quien –en muchos sentidos– fue considerado el sucesor de Gluck. No obstante, la contribución de éste último a la “opera seria” fue menos clara, a pesar de sus excelentes obras Idomeneo y La clemenza di Tito, pues su estado de salud y su precoz muerte no le permitieron hacer renacer el género.
Y, aunque dedicaré más artículos –para ampliar como se merecen– a cada uno de estos estilos, es fundamental reseñar la genial aportación de las óperas alemanas (Wagner, Schubert, Schumann, etc.), francesas (Bizet, Gounod, Offenbach, etc.), rusas (Rajmáninov, Stravinsky, etc.) y, cómo no, españolas (Guridi, Albéniz, Usandizaga, etc.). Pero, ante todo, y muy personalmente, la ópera italiana y su movimiento operístico de «Bel canto», que floreció a principios del siglo XIX, siendo ejemplificado por las óperas de Rossini, Bellini, Donizetti, Pacini, Mercadante y tantos otros; así como las patrióticas obras de Giuseppe Verdi o los melodramas sentimentales “realistas” del «Verismo», introducido por Mascagni (con su Cavalleria Rusticana) y Leoncavallo (con Pagliacci), y dominado por Giacomo Puccini con obras como La Boheme, Tosca o, entre otras, la ópera que hoy podrán disfrutar los zaragozanos en el escenario del Principal, Madama Butterfly.
Hay que recordar que tal día como hoy, en los años 1842, 1844 y 1868, se estrenaron las óperasNabucco (de Giuseppe Verdi) en La Scala de Milan, siendo su primer gran éxito; Ernani (del propio compositor italiano) en Venecia, basada en el drama de Victor Hugo; y Hamlet (de William Shakespeare) en París, respectivamente.