“Toda existencia individual está determinada por innumerables influencias del ambiente humano” (Georg Simmel)
Eduardo Punset, director y presentador del programa Redes de TVE, todo un referente en la divulgación científica, ha dedicado los últimos años a investigar lo que pasa en nuestro cerebro. Así, tras El viaje a la felicidad y El viaje al amor, con los que el autor ha apasionado ya a medio millón de lectores, ha querido cerrar su trilogía con El viaje al poder de la mente, descubriendo un mundo lleno de sorpresas y ofreciendo respuestas a preguntas como ésta: ¿Cómo han podido millones de personas, vivir, enamorarse, suicidarse, querer, trabajar como locos, cuidar a sus hijos… sin saber, de verdad, lo que les pasaba por dentro, cómo funcionaba su mente?.
En este viaje, ameno y vasto, pero íntimo y personal, Punset indaga sobre nuestro domicilio en el universo y sobre cómo aprender a “desaprender”. Con el autor descubriremos que “el cerebro está preparado, aunque no le guste, para cambiar de opinión; que construimos el futuro en torno al pasado; que no todos los sistemas irracionales de la mente son inválidos; que estamos programados mentalmente para ser únicos y que, tal vez, en ello resida la explicación de la capacidad infinita de la gente para hacerse feliz”.
Este libro, que inició el autor hace más de seis años, convencido de que la búsqueda de la felicidad, el instinto de fusión representado por el amor y el ejercicio del poder darían debida cuenta de lo que son los humanos por dentro, no es sino el relato anticipado de una travesía heroica que va desde una tierra poblada con personajes angustiados por tener que depredar a los demás a sobrevivir, hasta un escenario en el que los humanos han logrado vivir del aire, utilizando fuentes inagotables de energía como el agua y la luz del Sol. La proeza, como dice Punset en la introducción, pudo iniciarse hace unos dos mil millones de años gracias a unos microbios que tenían el secreto del futuro. Aquel secreto se lo desvelaron a las plantas primero, a algunos animales después y, finalmente, a los humanos recién llegados al planeta.
La obra -con ilustraciones originales y una cuidada selección de fotografías- revisita el pasado reciente del mundo del autor, testigo y aún protagonista en numerosos acontecimientos. Punset recuerda su pertenencia al Partido Comunista de España y la caída del muro de Berlín, y no rehúye exponer su experiencias más íntimas, como el descubrimiento de un cáncer, que “me devolvió a la manada y, por ello, le estoy profundamente agradecido”.
Pero, por si todavía no os convence este argumento para comprarlo, disfrutar y aprender de estas páginas, Eduardo Punset ha subido a la Red, mediante la plataforma de redes sociales Facebook, el primer capítulo del libro, así como un vídeo que incrusto a continuación:
“Los sabios son los que buscan la sabiduría; los necios piensan ya haberla encontrado” (Napoleón Bonaparte)
El Padre Boggiero nació en Celle (Italia) hace ayer 258 años (5 de Abril de 1752) pero, llamado por su hermano mayor Andrés, oficial de los ejércitos españoles, vino a Zaragoza en su infancia obedeciendo a los deseos de su familia, que le destinaban a la carrera de las armas, aunque su vocación sacerdotal la condujo por distintos derroteros. Así, a los 16 años, entró en el colegio Escuelas Pías, recién fundado de Zaragoza por el obispo Tomás Crespo de Agüero, terminando los estudios, destacando como predicador eminente y sacerdote ejemplar, sobresaliendo en las aulas de Retórica, Filosofía y Teología.
Los Marqueses de Lazán y de Callizar, padres de los Palafox, consiguieron que Boggiero obtuviese permiso para trasladar su domicilio al palacio de los Marqueses, siendo el profesor de sus tres hijos: Luis, Francisco y José, a quienes preparó para su ingreso en la milicia, cumpliendo a conciencia su cometido y captando además el afecto de sus tres discípulos, e iniciando la que sería una trascendental relación personal con José, el futuro general y duque de Zaragoza.
Desde que José Rebolledo de Palafox llegó a la ciudad, con el intento de levantar el reino de Aragón contra los franceses, Basilio Boggiero fue su consejero, ya que el general le veneraba, acostumbrado desde su niñez a oírle, siendo la única persona capaz de convertir en docilidad su nativa obstinación. Al padre Boggiero se le atribuyó el famoso manifiesto de 31 de Mayo de 1808, en el cual declaraba la guerra a Francia y hacía responsable desde al Emperador hasta al último francés de la vida y seguridad de Fernando VII. Acompañó a Palafox en los combates, incluso en las discutidas salidas de la ciudad en la primera defensa (15 de junio y 4 de agosto de 1808) y, de regreso a Zaragoza el 11 de agosto, cayó en manos de los franceses y fue conducido a Torrero, donde Lefébvre le devolvió el día 13 de dicho mes, horas antes de levantar el asedio.
Estas circunstancias, y hasta el sermón gratulatorio después del triunfo de los zaragozanos en el primer asedio, daban a la influencia de Boggiero sobre Palafox una importancia inmensa, positivamente exagerada. De esta manera, el capitán francés Daudevard de Ferrusac, en una carta que lleva fecha de 14 de febrero de 1809, describió la situación con estas palabras:
“Todos los que desertan de la plaza son suizos; apenas se han pasado dos españoles. Ayer llegó a nuestros puestos avanzados una guardia entera de cincuenta hombres, con armas, bagajes y su oficial al frente. Nos aseguraron que la ciudad estaba dividida en dos fracciones; que los frailes lo dirigían todo; que el general Palafox era un hombre muy amable, querido de los soldados, y que no hacia nada sino por consejo del padre Basilio”.
Tales eran las noticias que corrían sobre la importancia de Boggiero por el campamento francés, que la entrada de Lannes en Zaragoza fue su sentencia de muerte. Y así se sentencia en los dos siguientes textos:
“Tres días después de la capitulación, a la una de la noche, llamaron de un cuarto inmediato al de Palafox, donde dormía, a su antiguo maestro D. Basilio Boggiero, y al salir se encontró con el alcalde mayor Solanilla, un capitán francés, y un destacamento de granaderos, que le sacaron fuera sin decirle donde le llevaban. Tomaron al paso al capellán D. Santiago Sas, que se había distinguido en el segundo Sitio tanto como el anterior, despidieron a Solanilla, y solos los franceses marcharon con los dos presos al Puente de Piedra. Hirieron primero a Sas, y no se oyó de su boca, como tampoco de la de Boggiero, otra voz que la de animarse recíprocamente a muerte tan bárbara e impensada. Contólo así después y repetidas veces el capitán francés encargado de la ejecución, añadiendo que el mariscal Lannes le había ordenado los matase sin hacer ruido. A tal punto el vencedor atropelló en Zaragoza las leyes de la guerra y los sagrados derechos de la humanidad.” (Conde de Toreno (Historia de la Revolución & Libro VII). Del libro “Obelisco Histórico” del general de brigada M.Salas).
“Le arrancaron violentamente de su convento a media noche, y no se había sabido más de el. Dicese, que le propusieron debía emplear sus talentos al lado del Rey José y que contestó “que su conciencia no se lo permitía”; por lo que le mataron a bayonetazos, y le arrojaron desde el puente al Ebro. Efectivamente, yo he visto un cuerpo sobre el agua, que me aseguraron era el suyo. Esta fue una venganza tanto más horrorosa cuanto que por la capitulación se había ofrecido respetar indistintamente las personas y propiedades.” (Diario de Daudevard de Ferrusac, capitán francés. Del libro “Obelisco Histórico” del general de brigada M.Salas).
Tras la capitulación de la ciudad, fue asesinado junto a Santiago Sas el 22 de febrero de 1809, rompiendo así Lannes su promesa de respetar la vida de los rendidos. Tras sus asesinatos, los franceses tiraron ambos cuerpos al río Ebro desde el puente de Piedra; motivo por el que hoy existe una cruz sobre el puente recordando dichos sucesos.
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