La Constitución Española cumple 30 años
Hoy se cumplen 30 años del nacimiento de la Constitución Española, algo inédito en nuestra historia y, por eso, es merecedora de elogios, porque nunca habíamos llegado los españoles tan lejos. Pero, ¿qué tiene esta Constitución para durar tanto? Pues tiene lo que no ha tenido ninguna otra: que es heredera de un gran acuerdo, superando diferencias, olvidando heridas, dejando el pasado atrás y, por supuesto, construyendo un proyecto en el que nadie fuera prescindible. Ha durado porque no quiso ser, como en otras ocasiones, un desquite sino un abrazo.
Algunos no habíamos nacido cuando los españoles de entonces se dieron este marco de convivencia. Y es fantástico pensar que la Carta Magna es ya un legado intergeneracional, que los más jóvenes hemos recibido de nuestros padres y que nos corresponde cultivar, desarrollar y, en la medida en que así lo acordemos entre todos, perfeccionar y hacer más eficaz. Y, por eso, es muy importante que rindamos un constante homenaje a esa página, la más civilizada de nuestra historia, y hagamos toda clase de esfuerzos porque su influencia no se desvanezca.
La Constitución proclama, a través de ese acuerdo, que somos libres, que somos iguales y que nos constituimos como nación soberana para levantar un Estado de derecho. Se incluyeron muchas más cosas en el texto, pero todo lo demás se deriva, realmente, de las tres anteriores. Somos libres, somos iguales y somos una nación. O, como solemos decirlo desde el Partido Popular, “somos una nación de ciudadanos libres e iguales”. De modo que hoy no celebramos simplemente el aniversario de un papel, de un libro o de una ley… celebramos, como dijo ayer Mariano Rajoy, “el alumbramiento de nuestra condición de ciudadanos”.
Así, cuando hablamos de libertad, el primer gran acuerdo que ‘tomamos’ los españoles en 1978, nos referimos siempre a la libertad individual. Es menos confuso hablar de ciudadanos libres que de libertad, pues quedan las cosas más en orden. Primero el depositario, la persona, y luego la facultad que ejerce. La persona es el único sujeto de derechos, no existiendo más límite para la libertad individual que la libertad de los demás, ni más límite para el error que el perjuicio ajeno. Ni siquiera el Estado tiene derecho a poner mano en la libertad individual, ni aunque fuera con buena intención, pues el poder no está, ni debe estar, para imponer virtudes.
De tal forma, a algunos, el Estado les parece siempre pequeño. Y es natural que se lo parezca ya que, para satisfacer su afán de ingerencia en todos los aspectos de la vida pública, se necesita un “Estado interminable”. Pero, la libertad no necesita un Estado que se la administre, sino que se la proteja; un Estado que sea el marco de la libertad individual, el garante de su ejercicio. Y, casi todo lo que acabo de decir sobre la libertad, vale para la igualdad, la segunda gran medida tomada hace ya tres decenios. De nada se habla tan a la ligera y tan turbiamente como de la igualdad, pasto preferido por todas las demagogias.
La igualdad es un atributo de la persona, pues todos somos iguales en derechos, en el trato que debemos recibir, en las oportunidades… La igualdad de derechos ni está ni puede estar reñida con las diferencias legítimas: la primera condición de la igualdad es la libertad. Y estamos exactamente en las antípodas de los que consideran que libertad e igualdad están reñidas, que lo primero es la igualdad, que ya habrá tiempo de ser libres cuando seamos iguales. La realidad es que la libertad no sólo no está reñida con la igualdad sino que es condición necesaria para ella. Hay que ser libres para poder ser iguales. Hay que ser un sujeto de derechos para poder disfrutar de derechos iguales.
Y la tercera gran decisión de los españoles es que somos una nación. ¿Qué otra cosa se podía esperar después de miles de años de vida en común, y después de haber proclamado eso mismo en todas las Constituciones que hemos conocido desde la Pepa (1812), en las Cortes de Cádiz? No flotamos en el vacío, ya que España es algo más que un enclave geográfico. Es una historia compartida, una sangre que se ha mezclado mil veces, una comunidad de sentimientos, un proyecto solidario para el futuro, el marco que garantiza nuestra libertad, la unidad que nos da fuerza ante el mundo… Aunque, desde hace cinco años, nos rodea una telaraña de conceptos equívocos que no sirven más que para confundir y que seguramente no se emplean con otra intención.
Esto es lo que defendemos, y/o debemos defender los españoles, sin ambigüedades: la libertad, la igualdad, los derechos individuales, la nación y la soberanía popular o, como diría Jean-Jacques Rousseau en “El contrato social”, la “autoridad soberana”. Todo ello, sabiendo que hay otros aspectos de la Constitución que se pueden mejorar y que convendría mejorar, ya que -en treinta años- han aparecido desajustes en el funcionamiento del Estado que a nadie convienen.
Sin embargo, hoy es día para celebrar que contamos con una Constitución que refleja nuestra voluntad de pueblo soberano, que ampara nuestros derechos, que es el marco para el ejercicio de nuestra libertad individual, y el mejor sostén para asegurar la igualdad de todos ante la ley.
Pero no puede acabarse este recuerdo a la Carta Magna sin un merecido homenaje a las víctimas del terrorismo. La libertad que disfrutamos, el ejercicio de nuestros derechos como ciudadanos y las leyes que los garantizan han costado un tributo de sangre. Así, es obligado que día tras día tengamos en nuestra memoria a todos aquellos que han sufrido y sufren la barbarie del terror. Nuestro mejor homenaje será perseverar en nuestras convicciones y hacer inútiles las pretensiones de los terroristas.
Por todo ello, si nuestra Constitución ha servido para acumular treinta años de estabilidad política, de avances sociales y de convivencia en paz, nos sobran motivos para celebrarlo.
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Escribir comentario 6 de diciembre de 2008





































